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Alberto Murillo a 30 años de carrera: “los mejores grabados aún no han llegado”

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Mariana Saénz para El Observador

Es una tradición de Alberto Murillo celebrar cada diez años el camino andando por el arte, especialmente en el grabado.

Así que, en la muestra “Treinta años de grabado. Exposición Retrospectiva”, en la galería del Museo Rafael Ángel Calderón Guardia, el artista nacional resume en cerca de 90 obras 30 años de labor artística.

La exposición, que continúa abierta al público hasta el 10 de agosto, es una exploración gráfica donde se observa el predominio por temáticas como bosques, cuervos, corridas de toros, retratos, familia y crítica social.

Murillo deja en evidencia su interés experimental por la posibilidad de la técnica y la estética del grabado. Donde también convergen la xilografía, el grabado en madera al taco, la cromoxilografía, entre otros.

La intención de Murillo con esta exposición, un hombre de verbo suave y magnético, es brindar una perspectiva tangible de su visión conceptual a la gráfica nacional y formar una ventana para generaciones futuras, en obras que documentan las realidades de un momento determinado.

No habla de tiempo con el concepto inquebrantable que popularmente se conoce, para él este es bastante relativo. De ello, y otros aspectos fundamentales de tres décadas de andar en el camino del arte, conversó Murillo con El Observador.

Presentar una colección como esta implica una constancia rigurosa en la creación y producción de obras sostenida a lo largo del tiempo ¿Cómo logra hacerlo?

Yo siempre he dicho que lo que tiene que hacer un artista es no dejar de hacer, aunque sea solo una obra al año; de todos modos un artista sin producir tiene muchos altibajos en su genio.

Es crear poco a poco, como una técnica para evitar la saturación creativa. Yo trabajo a largo plazo de manera constante, siempre se tiene que estar haciendo algo.

Trabajo grabado porque me permite que, si me canso hago xilografía; si me canso de ella paso a serigrafía o litografía, por ejemplo. Son opciones estéticas de distintos lenguajes con los que cuento para expresar.

¿Hay una fascinación en Alberto Murillo por el tiempo, es acaso un factor relativo y no uno intimidante?

Bueno en realidad es que el tiempo no existe. Ese transcurrir popularmente conocido.

Es parte de mi problemática, el tiempo me da problemas. –comenta riendo–. Yo creo que uno es testigo del paso de las horas. Al pasarlas a la obra dejan de ser instantes propios para quedar vigentes. Uno logra que la obra trascienda al captar e interpretar ese momento determinado de una historia personal o situación.

Una cosa muy agradable que me pasa es que hay obras, que después de 20 o 30 años, mantienen la vigencia como si fueran hechas el primer día;  incluso llegan a ser mejor entendidas por la gente con el paso del tiempo. Como pintar bosques que quedan detenidos.

¿Entonces el grabar bosques, corridas de toros, cuervos y personas es como mantenerlos intactos y mostrar su esencia?

Sí. Digamos que un bosque se convierte en eterno, porque ese bosque nace, vive y muere, pero cambia. Ese momento queda ahí detenido.

Con los autorretratos, hay uno muy importante que está en la primera sala que se llama “Alberto hijo de Arnoldo”, es una obra que hice posterior al fallecimiento de mi padre, y entonces un poco puramente en el luto,  quise encontrar el parecido entre ambos.

(Mariana Sáenz para El Observador)

Fue  encontrar cómo me vería yo o cómo veían a mi padre en mis gestos en mis facciones. Por eso se llama “Alberto hijo de Arnoldo” y fue hecho con esa intención un poco para liberar, digamos, el proceso de luto.

¿Cuando se trata del retrato es recorrer su mundo interno?

Se va a interpretar de acuerdo a la experiencia de cada uno. Los retratos de Julia, quien ha sido inseparable estos últimos 32 años, muestran ese interés por ir reconociendo a la persona.

Retratar es un trabajo frente a frente de horas. En los que se conversa y se pueden observar gestos, las maneras de acomodarse, todo eso me deja ir vislumbrando quién es esa persona, pero también depende de mi estado de ánimo mientras se va creando.

¿Qué hay de los cuervos y las corridas?

Los cuervos resultan de los trayectos que hacía en Iowa,  Estados Unidos. Los he alejado del contexto oscuro y son referencia social.

Viven en comunidades, duermen todos en un mismo árbol entonces después se dispersan; andan buscando, se supone que son un enjambre inteligente. Entonces, yo creo que lo que hago es una metáfora de la sociedad.

Las corridas por su parte es parte de la idiosincrasia costarricense.

Cuenta con reconocimientos importantes como Gran Premio y Medalla Goya de Oro así como el Premio Nacional de Cultura Aquileo J. Echeverría en Artes Plásticas 1999 ¿Cuál significado trasciende de esas referencias de logros?

“(Los premios) son un espaldarazo de sana confianza, un llamado a seguir y no a quedarse en los laureles”

Alberto Murillo

Son un espaldarazo de sana confianza, un llamado a seguir y no a quedarse en los laureles. Es decirse: “bueno, ya llegué hasta aquí ahora hacia dónde voy”. Mi objetivo es dejar un registro de momentos, estoy buscando disfrutar el proceso.

Entonces cuando nos topemos en unos diez años más ¿Qué podemos esperar?

Creo que los mejores grabados aún no han llegado, es parte de ese juego del tiempo del que hablamos.

Yo sigo mi búsqueda, soy fiel seguidor y fiel creyente que vamos a vivir mucho tiempo y vamos a producir más.

La muestra de Alberto Murillo se puede ver de lunes a sábado de de 9 a.m. a 5 p.m. El Museo Rafael Ángel Calderón Guardia está ubicado 100 metros al norte de la iglesia Santa Teresita, barrio Santa Teresita, San José. Entrada gratuita.

DEL ARTISTA

Alberto Murillo Herrera nació en 1960. Es profesor catedrático en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica.
Tiene la maestría en Artes finas, con énfasis en grabado, de la Universidad de Iowa, EEUU; y un posgrado en grabado mediante la beca Fulbright-LASPAU.
PREMIOS:
-Premio Nacional de Cultura Aquileo J. Echeverría en Artes Plásticas en grabado (1999).
-Gran Premio y Medalla Goya de Oro en la “X Bienal Iberoamericana de Arte”, en México (1996).
Otros galardones: Mención Honorífica en el Salón Nacional de Grabado Francisco Amighetti (1991) y Primer lugar del Certamen Jóvenes Valores “Fausto Pacheco” (1986).
Fue vicedecano de la Facultad de Bellas Artes (UCR); Director del Sistema Editorial y de la Investigación (SIEDIN) y de la Editorial UCR de la Universidad de Costa Rica.


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