Del Bitcoin y otros demonios

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Jonathan Valembois. Profesor de LEAD University

“A continuación, la historia…” empezaba un reconocido historiador costarricense, de cuya voz más de una quedó prendada. Y es que quisiera contarles una historia sobre una flor. Sí, una flor, como la rosa de El Principito.

Dicen que todo empieza por ahí del año 1554 cuando, desde Turquía, por ese entonces el Imperio Otomano, llegó a Europa una bella flor, una nueva especie de las liliáceas. Recordemos también que los Países Bajos, vivían en ese entonces, y por demás hoy, un boom económico y cultural sin par. Nuevos ricos surgían por doquier… Y no hay cosa más importante para un nuevo rico que anunciarlo al mundo, mostrando sus símbolos de riqueza y de ahí un estatus que antes sólo se heredaba.

¡Qué mejor muestra de riqueza y refinamiento que mostrarle a todos una rara flor, que florecía por apenas una semana, entre abril y mayo, después de larguísimos siete a doce años de espera! Así, se ofrecían variedades cada vez más exóticas, escasas, preciosas… Y, si mostrar las riquezas ya es un pasatiempo de los nuevos ricos, ¿qué mejor muestra de estatus que hablar a viva voz de finanzas y transacciones financieras? Dada su escasa permanencia y altísimo valor, un notario registra por adelantado una compra… el comprador se da cuenta al tiempo que el valor por el que puede vender este derecho ha subido… y raudo cambia de opinión y el título de manos: la flor que no ha nacido tiene otro dueño. He aquí el mercado de futuros. En su pico, febrero de 1637, un título de futuros de tulipanes podría cambiar de manos doce veces en un solo día, y se reportan valores equivalentes a diez veces el ingreso anual de un artesano o cinco veces el valor de una vivienda.

Y luego… no se sabe bien por qué, tal vez la peste bubónica (¡otra vez un virus!)… a una de estas reuniones no llegaron suficientes participantes… y el vendedor bajó el precio para poder recuperar su dinero… ¡y no pudo vender!

Esta historia pasa de romántica a triste… tan triste como cuando el niño risueño ve explotar una burbuja de jabón. Mejor hablemos de cosas serias, de adultos: dinero, valores y riqueza.

¿Pero, qué es dinero? En Costa Rica tuvimos las semillas de cacao, en otras latitudes unas grandes piedras planas, o la sal para los romanos (¿recuerda aquello de que no se debe regar la sal?). En palabras de los economistas, un bien, para ser dinero, debe cumplir con tres funciones:

1/ es una unidad de cuenta y patrón de precios. ¿Cuánto vale un cerdo, 22 días de trabajo de un carpintero o 15 días de un panadero? Y entonces podemos intercambiar 1.46 días de carpintero por un día del panadero. Nos volvemos locos.

2/ El dinero es un medio de intercambio. Gracias al dinero tenemos un patrón común que le permite al carpintero, al panadero y al porcicultor, y a todos los demás, intercambiar sus productos y de paso también pueden comprar y vender miles de otros bienes y servicios (según nos reporta el Banco Central, el 1 de diciembre del año pasado, hasta las 4 p.m., con factura, se registraron 2.750.000 transacciones según los registros del nuevo código CABYS).

3/ el dinero es un depósito de valor. Así como los romanos deben haber sufrido cuando la sal se mojaba, nuestros antepasados ticos deben haber llorado amargamente cuando las hormigas o los hongos se comían su “dinero”. Evolucionamos pronto (los chinos desde antes de la era cristiana occidental) a otras formas de representar el dinero que pudiesen conservar su valor.

Pero es que ahora usé otra palabra cuyo significado todos creemos conocer: valor. ¿Qué es el valor?

Según una de las acepciones del diccionario, el valor es una cualidad de deseabilidad que se le asigna a un bien u objeto. En este sentido, el valor de un objeto no es más que lo que un sujeto le da.

Y entonces hemos visto surgir y destruirse países, y ejércitos, y economías por esta discusión sencilla: ¿el valor es intrínseco: está y es parte del bien o servicio producido, tal vez, como un registro de un esfuerzo en horas-hombre (¿y las horas-mujer?) por darle vida? o ¿el valor es el que resulta del mercado, de esas fuerzas de oferta y demanda, tan ininteligibles, tan intangibles. Tan pero tan presentes que alguien, un Smith cualquiera, nos habló de “una mano invisible”, que, de alguna manera, las organizaba?

Sin duda el valor se puede entender en términos de dinero… de riqueza pues.. ¡Y sigue este autor con sus definiciones tautológicas!: la riqueza es el conjunto de valores poseídos, es decir dinero, bienes y otros “depósitos de valor”.

Y el lector, si llegó hasta aquí, se preguntará ¡cuándo voy a hablar de Bitcoins! Y es que, como economista liberal que soy, me encanta el concepto de libertad. Y la libertad implica responsabilidad individual: yo soy libre, no si hago lo que quiero – eso es libertinaje, no libertad – sino si sé qué quiero hacer, qué implicaciones positivas o negativas tiene, y decido hacerlo sin mayor restricción. Responsabilidad individual implica conocimiento, y usted, estimado lector, tiene el suficiente para tomar sus decisiones.


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