• Desde la columna

El accidente que cambió mi vida hace 10 años (y mi gratitud con una red de ángeles)

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Tiempo de Lectura: 3 minutosHace exactamente 10 años, a las 8:50 a.m., mi vida dio un giro radical. No es una expresión romántica producto de una introspección. Lo digo luego de sufrir un accidente que me tuvo al borde la muerte. Sí… de eso hace ya una década.

Un 9 de octubre del 2010 salí a correr desde mi casa en Pavas hasta La Sabana por el boulevard de Rohrmoser. Era la ruta que solía hacer cada semana, casi a la misma hora.

Todo cambió en segundos

Pero 100 metros antes de la casa del expresidente Óscar Arias (dirección oeste-este) todo cambió en cuestión de segundos: un pedazo de metal en forma de L salió disparado de las llantas de un carro que pasó cerca y me impactó en el pecho.

Mi única reacción en ese momento fue apretarme el pecho, porque me empezó a faltar el aire. Volví a ver a todo lado y no había nadie.

Pero, como enviada desde el cielo, apareció un “ángel” llamado Johanna Zomer. Ella estaba corriendo en sentido contrario al mío y al verme me saludó, porque me vio moviendo una de las manos. Pero cuando vio que me tiré al piso no dudó en socorrerme.

Pero el cielo (o el ser supremo, fuerza natural o cósmica en la que usted crea) tenía más “ángeles” listos: detrás de Johanna venía corriendo una pareja de médicos (sí, así como lo lee… dos doctores de apellidos Castro y Piedra).

Ellos no dudaron en cruzar la calle y atenderme, mientras yo yacía en el piso rogando que me salvaran, aunque para entonces no sabía lo que me había pasado. Y en eso aparecieron varios ángeles más: Debbie Kushner, cuya casa está frente al lugar de mi accidente.

Ella me contó tiempo después que estaba en una habitación del segundo piso cuando escuchó que se quebró un cristal. Se asomó por la ventana y me vio tirado. Al salir le preguntó a los médicos como podía ayudar y ellos le pidieron una aguja enhebrada.

Me cosieron el pecho en plena calle

Fue así como allí, en plena calle, estos médicos me cosieron el pecho provisionalmente para que no me entrara más aire.

El pedazo de metal me ocasionó un agujero por donde salía sangre cada vez que yo intentaba respirar. Pero el daño más grande y grave estaba por dentro.

Un buen samaritano (otro ángel, cuyo apellido no tengo) detuvo su carro y me montaron allí para llevarme al hospital México. No había tiempo de esperar la ambulancia.

En el trayecto la doctora sostenía mis manos y me pedía que no cerrara los ojos. Me costaba hablar, me costaba mantener los ojos abiertos, me costaba respirar. Solo pensaba en mi hermana Marcela, mi mayor tesoro y mi roble en momentos dulces y agrios.

Una vez me bajaron del carro para trasladarme a una camilla en Emergencia me desconecté. Cerré los ojos y dejé de respirar.

La cirugía

Después de algunos exámenes la orden médica fue que me operaran de urgencia. La cirugía estuvo a cargo de los doctores Pucci (ya pensionado) e Induni.

El metal fracturó mi esternón; el pericardio (una membrana fibrosa que envuelve el corazón) estaba “desgarrado” y los pulmones colapsaron.

Mientras, en las afueras del centro médico, una horda de amigos y amigas se reunió para acompañar a mi hermana. Y no tardaron las cadenas de oraciones y hermosos mensajes de aliento en mi perfil en Facebook.

En la UCI.. adiós músculos, hola humildad

Desperté al día después en la Unidad de Cuidados Intensivos. Estaba entubado, con varios sellos de tórax, una enorme herida en mi pecho y sin la masa muscular que, en algún momento, presumí en la playa.

Allí estaba postrado en una cama; estaba desprovisto de un rasgo de banalidad que alguna vez circuló en mis venas cuando el ejercicio obsesionado y una dieta sin control y radical te hacen perder el piso.

Pero aún peor: cuando te alejan un poco (o mucho) de esos valores que me inculcaron en casa mi mamá Adela y mi abuela Isolina. Ambas mujeres curtidas en el campo guanacasteco (Tilarán) y llenas de amor, tesón, lealtad, trabajo duro, humildad y valor.

Al mes de esa cirugía regresé a mis quehaceres habituales rodeado del cariño de tanta y tanta gente que no me cabría este espacio para mencionarlas (Marcela, Arnoldo, Robert, Juan Pablo, Vanessa, Meche, Angelita, Wílliam, Frank, Ricardo, Osvaldo, Mao, Adriana, Desireé, Pollo, Marta, Antonio, Jaime -QdDg- un largo etcétera).

Y hoy, 10 años después, no puedo dejar de sentirme afortunado por esa oportunidad que la vida me dio y que me sigue dando.

Y cada vez que me veo al espejo y veo mi cicatriz -mi hermosa cicatriz- doy gracias porque, con mis yerros y una que otra virtud, creo ser una mejor versión de aquel Sergio del 2010. Desde luego: doy gracias, una y otra vez, a esa hermosa red de ángeles que me abrazó con sus alas y me sigue cuidando (en la Tierra como desde el cielo).


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