El corazón del niño herido

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Por Melina Dada Terapeuta Holística, Estudiante de Psicología.

Cuando mi hijo de 8 años descubrió que santa no existía, me dijo: – “Mamá, ¡se me rompió el corazón de Navidad!”-.  Yo lo apoyé en su dolor, las decepciones son parte del crecimiento. Esto le dio espacio para cuestionar también la existencia del hada de los dientes y otros seres mágicos con los que crecemos. Me preguntó muy triste ¿por qué se les engañaba a los niños?

Me quedé impávida mirándole a los ojos. Desarrollé en ese instante lo mejor que pude una explicación sobre estructuras sociales y la ilusión en los niños, pero a pesar de eso podía ver en su mirada la frustración, él se sentía defraudado.

Esta situación me dio pie para analizar bajo los engaños con los que crecemos y con los que vivimos a lo largo de la vida y perpetuamos en nuestros hijos. Ese concepto de realidad que se nos va desmoronando a través de la existencia.

Poco a poco llegan los momentos donde se nos van quebrando los corazones de diferentes áreas. Uno de esos momentos trascendentales es cuando se quiebra “el corazón romántico”.

El concepto de las uniones por amor es incorporado a principio de siglo. Las uniones dejan de ser un intercambio económico o de unión de fortunas, donde la mujer era la moneda, y se da pie a un nuevo paradigma, que da continuidad a la estructura de unión hetero-patriarcal, que entonces se ajusta a la revolución industrial y a los movimientos emancipatorios de la mujer, el amor.

La pareja

Hemos construido una imagen de la pareja a partir de las idealizaciones sociales ilusorias, novelas románticas, las canciones trovadorescas y películas Hollywoodenses donde los protagonistas se alejan de la mano en el ocaso, y poco se habla de la realidad. Donde el diario vivir y la convivencia hace aflorar las heridas históricas, las carencias emocionales con las que crecemos y con las que cargamos todos los seres humanos en este planeta.

Las primeras relaciones que formamos, donde creamos nuestro paradigma personal de amor, son las relaciones con nuestros padres. La dinámica desarrollada en los primeros años de vida de un infante va a determinar el tipo de relaciones que se van a construir en la vida adulta y el tipo de personas que vamos a escoger para bailar la danza del cortejo.

Una vez pasado el lapso del enamoramiento, la ilusión de haber encontrado a “la media naranja” y los torrentes de Dopamina, Oxitocina descienden, el lóbulo frontal comienza a despertar. Empezamos a ver esta “otra” realidad, donde el niño herido aflora y los dolores no expresados en la infancia se manifiestan a través de nuestras reacciones inconscientes con las que nos expresamos ante las problemáticas en pareja.

Estas parejas son particularmente escogidas por nuestro inconsciente, donde se hace un pacto tácito y se espera la reivindicación de los padres. Resolver el miedo al abandono o la búsqueda del amor incondicional materno, entre un sin fin más de carencias infantiles. La impotencia al no lograr la reivindicación con el nuevo objeto de amor detonará en ira y dolor, situaciones de infidelidad y guerras de culpa, que al final solo son un síntoma del problema semilla, lo que realmente tiene que sanar: nuestro niño herido gritando por ser reconocido.

Poco se nos instruye en el amor y el saber que amar es una escogencia, un compromiso y que es sobre todo una es oportunidad para sanar en conjunto, en equipo, las situaciones irresueltas del pasado.

Las crisis

En general, las parejas al encontrarse en crisis se frustran y desesperan, con lo cual el dolor se vuelve desmesurado y la opción más común es partir en caminos separados, renunciando a la oportunidad de resolver.

Esto lleva a una secuencia, a una creación de patrones infinitos. Las personas repiten una y otra vez la misma situación con personajes similares, una sucesión de relaciones fallidas. Evadimos a toda costa vernos en el adentro y la tendencia es culpar al otro, por no calzar en nuestras aspiraciones idealizadas y no llenar los vacíos que, en la realidad, nunca van a ser capaces de llenar, vacíos arrastrados de antaño, que solo sanando las imágenes individuales paternas y maternas posibilitan la resolución.

Durante las crisis, las personas reaccionarán desde la edad donde el trauma o la carencia quedó implantada. Esto da pie a situaciones infantilizadas de las dos partes. El niño herido reacciona y la niña herida responde, o viceversa. El análisis de la situación y auto conocimiento es la clave.

Salir de estos círculos es de suma importancia para el desarrollo personal e indispensable para lograr una madurez en todos los aspectos de nuestra existencia y alcanzar finalmente una relación armoniosa consigo mismo, la humanidad y nuestras parejas.

En terapia, la pareja descubrirá durante el proceso si va para adelante o el ciclo termina, es un momento para replantear y medir el material del que están hechos, lo solido del castillo o si esta construido con naipes, y es válido, todo es válido. La decisión final se tomara desde un lugar consciente y maduro, sin herirse. Despedirse desde la empatía y el cariño.

Existen una variedad de terapias en las que se puede incursionar, desde las de corte psicoanalítico hasta terapias holísticas de sanación integral. Es importante que cada pareja encuentre la terapia que más se ajusta a la cosmovisión que se tenga, así mismo acompañada con un trabajo individual perseverante.

Las crisis son una bendición encubierta que requiere mucha valentía y, en definitiva, traerán infinidad de beneficios, si se resuelven bien, y uno de los más importante es la paz.

En una sociedad donde la productividad a toda costa es el objetivo primordial, se nos ha olvidado la importancia requerida a la salud emocional.

Navegamos por la vida un poco a ciegas un poco a tientas. Vamos formándola a punta de prueba y error. El conocimiento está a disposición, la magia está en accederla y darnos el chance de crecer, construir nuevos corazones desde la madurez, la tranquilidad, la aceptación y el amor.


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