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Josip Broz Tito, el presidente perenne de la Yugoslavia socialista y fundador del Movimiento de los Países No Alineados, estuvo a punto de ser asesinado por Teodoro B. Castro, embajador de Costa Rica en ese país.

Los hechos se remontan a la década de 1950 y pasan por un detalle fundamental: “Castro” era en realidad un agente soviético que logró ser acreditado como costarricense gracias a una falsa identidad alajuelense. Antes de llamarse Teodoro se llamó Miguel, Iúzik, Felipe, Padre, Artur, Daks, Maks, José O. Campo, I.P. Lavretsky, I. Grigoriev y Maximov.

La misión de matar a Tito – por órdenes del propio Iósif Stalin – no era para principiantes y basta revisar su currículum para entender porqué se la confiaron.

Con alguna de todas sus personalidades había dejado huellas en las muertes de Andrés Nin en la Guerra Civil Española, del revolucionario cubano Julio Mella y del soviético León Trotski.

El señor de los disfraces

Detrás de todas las caras con que se presentó el falso diplomático costarricense, estaba Iósif Romualdovich Griguliévich Lavrestki, nacido en Lituania en 1913, en el seno de una familia caraíta de Crimea (un grupo pseudojudío).

Su familia emigró a Polonia y posteriormente su padre farmaceuta se fue solo a buscar mejor fortuna en Argentina. Cuando apenas era un adolescente, Griguliévich fue arrestado por su activismo en el ilegal partido comunista.

Sale entonces hacia Argentina, donde su padre ofrece pagarle sus estudios en la Universidad de la Sorbona en París. Su idioma natal era el yidis, pero desde joven habló lituano, ruso y polaco y luego aprendió rápidamente español, portugués, francés, italiano e inglés.

En una de esas instancias en París lo reclutó la policía secreta rusa, puerta de entrada para ser parte del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) y del Comité para la Seguridad del Estado (KGB). El cargo le implicó responsabilidades como una participación en el conflicto español de los años 30.

¿Cómo se hizo tico?

Tito – a la izquierda – recibiendo a “Teodoro B. Castro”, embajador de Costa Rica en Yugoslavia. Ambos habrían coincidido años antes en actividades relacionadas con la Guerra Civil Española. (Facebook)

Grigulievich recorrió los países de la región simulando ser vendedor de radios, electricista, agente de seguros y periodista, asegurándose la amistad de figuras históricas como el poeta chileno Pablo Neruda, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros y la pintora Frida Khalo.

En Argentina desarrolló gran parte de su activismo e imitando la profesión de su padre creó una farmacia en Nuevo México, que en realidad funcionaba como mampara para una casa de seguridad donde se gestó el asesinato de Trotski.

La transformación de Iosif Grigulievich en Teodoro Bonefill Castro tiene mucho que ver con el talento del escritor nacional Joaquín Gutiérrez, con quien coincidió en Sudamérica cuando el autor laboraba como diplomático en Chile.

De esa amistad surge la idea de crearle una nueva identidad al agente soviético, una que le permitiera infiltrar los cuerpos políticos, sociales y diplomáticos de Costa Rica. Su biografía creada a la medida lo presentaba como el hijo ilegítimo de un cafetalero alajuelense, que durante un cuarto de siglo había pasado por Chile, Brasil y Uruguay.

Con esa trama el soviético se instaló en Roma, donde se puso al servicio de la clase política costarricense a la que fue fácil engañar.

Cuando Antonio Facio llegó a Europa como representante del gobierno de Otilio Ulate, el falso alajuelense logró conseguirle una audiencia con el Papa Pío XII. El logro puntuó a su favor, pero fue en 1951 cuando cautivó a los líderes liberacionistas que habían ganado la Revolución de 1948.

En una visita a Italia, los futuros presidentes verdiblancos José Figueres, Francisco Orlich y Daniel Oduber se encontraron con “Teodoro B. Castro”, quien los encantó hablando de café y prometiéndoles negocios, con lo que se ganó su respaldo.

El 4 de julio de 1951 se le designó como secretario de la legación de Costa Rica en Roma, una ciudad a la que decía haber llegado con su esposa a buscar consuelo espiritual del Papa por la muerte de su hijo.

Esa narrativa también era un fraude, como lo era la Academia de San Andrés de Seravalle, con la que repartía condecoraciones inventadas entre otros políticos nacionales.

En meses, “Castro” fue ascendido a cónsul y luego a embajador tanto en Italia como Yugoslavia. Su verdadero éxito fue, primero, contar con un pasaporte diplomático para moverse por el continente europeo, y luego la posibilidad de emitir él mismo los documentos de viaje.

Sacándolo del baúl

Este fue el pasaporte diplomático otorgado por Costa Rica a Teodoro B. Castro al acreditarlo como representante del país. Su hallazgo fue el clímax de la investigación hecha por Marjorie Ross y que aclaró los mitos existentes sobre el espía soviético. Esta copia fue incluida en el libro “El secreto encanto de la KGB”, publicado por la Editorial Norma en el 2004. (Editorial Norma)

Los rumores sobre la infiltración de la diplomacia tica fueron un secreto a voces, hasta que la abogada y periodista Marjorie Ross los convirtió en un libro llamado “El Secreto Encanto de la KGB. Las Cinco Vidas de Iósif Griguliévich”.

“Al principio fue solo un dato borroso. Unicamente me enteré de la posibilidad de que un agente de los servicios secretos soviéticos hubiera ocupado un cargo en nuestro servicio exterior. Amante como he sido de las historias de espionaje, no era posible que le prestara oídos sordos a un rumor tan extraño”, narró la escritora.

Construir la historia tomó una investigación de 10 años, que fue como armar un rompecabezas gigante con extensiones por todo el mundo. La dirimió con hallazgos en archivos como el proyecto Venona, iniciativa del Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos para desencriptar los mensajes de espionaje soviético.

“Solamente unos pocos de sus camaradas, como el escritor Joaquín Gutiérrez, supieron quién era él realmente. Los demás solo fueron utilizados por Griguliévich, con el anzuelo de los negocios de importación y de sus magníficos contactos internacionales, ambas cosas absolutamente reales. Entre estos últimos estarían: los expresidentes Echandi, Figueres, Oduber y Monge; y varios empresarios cafetaleros y bananeros, que ignoraban también, por completo, la identidad verdadera del flamante señor embajador. Hay que decir que pocos embajadores de Costa Rica han hecho una labor tan efectiva como la que hizo ‘Teodoro B. Castro'”, explicó Ross a El Observador.

El desenlace del embajador

Según la investigadora Marjorie Ross aún hay tramas de espionaje pendientes de investigar. (Facebook)

El liderazgo de Stalin fue duro y la eliminación de enemigos fue una constante.

Tito entró en la lista negra tras promover un comunismo más autónomo lejos del poder de Moscú. La fijación del dictador soviético con su muerte incluía asesinarlo en el Palacio Blanco de Belgrado o durante un visita a Londres, con métodos tan surrealistas como una caja de puros elaborada con maderas finas de Costa Rica que soltara veneno al abrirla.

La misión fue abortada tras la muerte de Stalin en marzo de 1953.

A los seis meses, “Castro” pidió una licencia para acompañar a su esposa a un tratamiento médico en Suiza, de la cual nunca volvió y desapareció sin dejar rastro.

Fiel a su estilo, el soviético se convirtió en una nueva persona: el académico Iósif G. Lavrestski, dedicado a la antropología. Su nueva profesión le valió una publicación de una revista rusa, donde Marjorie Ross lo identificó y buscó la forma de confirmar sus teorías.

“En la investigación utilicé algunos programas de reconocimiento facial, entre ellos uno llamado Morpho. Cuando con su ayuda logré asegurarme de que el rostro del académico soviético Iósif G. Lavrestski, que apareció en una revista rusa, era el mismo – tiempo más tarde – de nuestro embajador Teodoro B. Castro, caí en cruz”, contó.

Los descubrimientos de la investigación dieron material para publicar luego “La herencia del asesino”, donde se profundiza en la vida de Ramón Mercader, quien mató a Trotski en un caso también protagonizado por Iósif Griguliévich.

“Cuando investigaba ‘El secreto encanto’ se me quedaron algunos cabos sueltos, que me hacen presentir que el panorama de la red de Iósif era más amplio y ambicioso. Ese bocado aún me está esperando y de pronto me lanza sus tentadores aromas. El gusanillo de desenredar madejas de espionaje sigue vivo”, advirtió.

Como académico moscovita, las vidas de Griguliévich se acabaron finalmente el 2 de junio de 1988, muchos años antes de que el país conociera la infiltración que los servicios secretos soviéticos entramaron medio siglo atrás.

La tumba de Griguliévich en Rusia lo muestra como lucía en sus últimos días. (“El Secreto Encanto de la KGB”/Editorial Norma )


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Estudiar Derecho me enseñó que lo que realmente cambia las cosas es el periodismo bien hecho.
Si la política o las leyes parecen aburridas es porque nunca nos las han contado de la forma correcta.