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El hiperindividualismo, ¿ayuda a la felicidad?

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Tiempo de Lectura: 5 minutosRodrigo Sánchez. Profesor Lead University 


La sociedad capitalista de consumo, inicia aproximadamente en 1880 con la creación de grandes marcas en USA como Coca Cola, Kodak, Heinz y otras. Grandes almacenes como Macy´s, Bloomingdale´s, marcaron el inicio del cambio del consumidor, cambió la relación del consumidor con el minorista. Ya no prevalecería la confianza del comprador hacia el vendedor, sino hacia la marca del producto, es cuando aparece fuertemente en el mercado, la marca, el envase y la publicidad.

Aparece la economía del consumo guiada por la mercadotecnia y los bajos precios, cuyo objetivo era la búsqueda de altos volúmenes de ventas. Este foco en el mercadeo y las ventas se hizo posible con el gran crecimiento de la población, había más consumidores, y después de la segunda guerra mundial, hubo un gran crecimiento de los ingresos, primero en USA y luego en Europa por la reconstrucción, lo que facilitó el crecimiento de la demanda, del consumo masivo.

Fuimos pasando de una economía basada en la oferta a una economía de la demanda. En los 60’s aparecen los negocios de auto servicio, los supermercados y luego los hipermercados, lo que provoca que los precios de rompan constantemente hacia la baja, estaba el mercado ya en proceso de transformación hacia el consumo masivo y accesible para toda la población.

Hasta finales de los 80’s del siglo XX, tuvimos una sociedad de masas con conciencia colectiva, importaba la distinción, el colectivo. Aparecen los movimientos sindicales, los clubes sociales, entre otros grupos que ampliaba la participación en la política,  pero en los últimos 30 años, con la masificación de la sociedad del deseo, la sociedad del espectáculo como la llama Mario Vargas Llosa, del hedonismo; por la irrupción al mercado de la tecnología, al alcance de todos, de un sinfín de productos que nos seducen, entre ellos muchas opciones de diversión, es que nos hemos ido convirtiendo en una sociedad multitudinaria con conciencia hiperindividualista. Aparece así el consumo como experiencia, lo que lleva a focos más lúdicos, a un hedonismo permanente, (hedonismo es el placer de los sentidos).

La búsqueda de una satisfacción inmediata y, sobre todo, en el ámbito personal, deja de ser relevante pertenecer a grupos, no desaparece la solidaridad, el deseo de ayudar a otros, pero de manera individual; pareciera que el bien común ya no es un foco primario, ahora el foco de atención no es social sino individual, somos más independientes, podemos tener una mayor movilidad, paladear sensaciones, vivir experiencias, etc, ya sin necesidad de estar afiliado a grupo alguno.

Es cuando aparece el mercadeo segmentado, el sensorial, se fomenta el consumo a toda hora y en cualquier momento, se fortalece la idea de que consumir es un objetivo, de que ese hedonismo exacerbado nos hace felices, han usado los nuevos conocimientos sobre el hecho de que somos seres emocionales y es por medio de la manipulación de esas emociones que hemos incursionado en ese hiperconsumismo, en ese hiperindividualismo, en esa creencia de que por ahí está la felicidad.

Entonces trabajar más para poder consumir más. La tecnología y la ciencia ayudan a que el diseño de todo cambie constantemente, que la durabilidad de los productos ya no es un requisito, sino al contrario, de alta calidad pero que deban ser reemplazados pronto por nuevos diseños o porque de alguna manera, el producto en cuestión se daña, está diseñado así para que se reemplace por otro nuevo. Irrumpe la innovación como constante en el mercado.

Todo ese cambio en la sociedad no es del todo censurable, yo nunca he estado de acuerdo con lo que algunos dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”, para nada, yo sigo con la opinión de que “todo tiempo pasado fue peor”, la evidencia es abrumadora, siempre hemos asistido a mejoras permanentes como sociedad.

Sin embargo, esta forma de vida instantánea, donde se busca la recompensa inmediata, acompañada de una incesante vida laboral, ha provocado que asistamos como nunca antes a vivir en una sociedad enferma, los trastornos de conducta provocados en gran medida por el estrés crónico, generado por la vida laboral que se ha vuelto abrumadora, provocando depresiones, ansiedades, ataques de pánico, de manera desbordada en este mundo globalizado.

Es una pandemia ya no tan silenciosa, en plena expansión, cuyas consecuencias globales aún están por verse, sobre todo ahora, aunando los efectos de la pandemia global de la Covid-19. La mayor causa de ausencias laborales es precisamente por depresiones y/o ansiedades crónicas. De hecho, la profesión con tendencia creciente más solicitada es la psiquiatría. Esta situación no solo afecta a los trabajadores, porque su rendimiento productivo se cae, y la afectación a los costos es inminente, pero además ese estrés crónico es llevado a la familia; no es cierto que se pueda separar la vida laboral de la vida familiar.

Quién lo podría haber pensado, ser felices ha sido una búsqueda permanente de la humanidad, pero en pleno siglo XXI, nos han estado condenando a ser felices por obligación, nos han estado sugestionando para sentirnos felices por el hiperconsumismo, por el placer de la inmediatez, ya que esta concepción de la felicidad parte de un concepto interesado, que sea ligera, instantánea y fácil de adquirir por el consumo permanente de artefactos y diversión de todo tipo. El sistema logró prefabricar la idea de la felicidad instantánea asociada al hiperconsumismo, parar, detenerse, reflexionar no es lo que impera, es solamente el hecho de consumir.

Para ser feliz, hoy más que nunca, tenemos a nuestra disposición los conocimientos de las últimas tres décadas de la neurociencia y la psicología positiva, la verdadera ayuda para ser felices no consiste en hacer lo que otros nos dicen debemos hacer, sino desarrollar un pensamiento crítico, una mayor capacidad de gobernanza de nuestra vida.

Si bien es cierto, la realidad del exterior cuenta, pero no es eso lo que debemos pretender cambiar, aunque ciertamente algo podemos cambiar, sino mirar hacia el interior de cada uno, y ese autoconocimiento nos dará las razones para reflexionar, parar y valorar si por donde transcurrimos realmente es el camino de la vida buena, el sendero de la felicidad. Gracias a la capacidad de analizar y juzgar, podemos interpretar nuestras circunstancias de forma que nuestro modo de verlas nos favorezca en lugar de perjudicarnos, decía Epicteto, “no hay esclavitud más vergonzosa que la que se asumen de forma voluntaria”.

Tenemos en lo individual una fuerza limitada para cambiar las circunstancias, pero si el poder total para decidir como las interpretamos. La felicidad no es una meta que se alcanza, es una conquista personal de permanente empeño, “Sancho, la felicidad está en el sendero no en la posada”, frase atribuida a Don Quijote.

En la medida que cultivemos más esa capacidad de asombro, la curiosidad y el cuestionamiento, de seguro caminaremos por unos senderos de mayor bienestar, ya que tendremos un pensamiento más crítico, tendremos más control de nuestra vida, estaremos más presentes y viviremos menos en piloto automático.

El hiperindividualismo, el hiperconsumo, nos están llevando por un camino de confusión y de enfermedades de la mente, que son las más complejas y dolorosas.

Ciertamente no podría decir en qué momento se podrá dar un cambio ni cuánto durará esto del hiperindividualismo y el hiperconsumismo, de lo que sí estoy seguro es que va a ir cambiando, la sociedad se dará cuenta de que ese camino no es el correcto y no es sostenible para una vida buena. Y si cada uno trata de tomar conciencia de su vida, como ya está pasando en algunas sociedades, es un indicativo de que el cambio está en marcha.

En este mismo sitio, (atrévase-a-ser-feliz.com), hay otros artículos sobre los predictores de felicidad, de cómo buscar ese autoconocimiento y muchos temas más.

 

 


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