El largo camino de la productividad

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Benjamín Vargas. Lead University

Al salir de la crisis de los ochenta, el país basó su estrategia de crecimiento en un modelo de apertura comercial y atracción de inversión extranjera directa. Nuestras ventajas ahora no son las de entonces.

Una estratégica red de acuerdos comerciales y la atracción eficaz de inversión construyó un nuevo motor para nuestra economía. Hoy, la desviación de comercio y atracción de inversiones siguen siendo objetivos indispensables, pero insuficientes por sí mismos.

El crecimiento económico es, en esencia, una función de nuestra dotación de recursos productivos y la eficiencia con la que los utilizamos. Somos un país pequeño con relativamente poco capital propio. Rechazamos las actividades más extractivas por una aspiración superior de contribuir excepcionalmente a la conservación de nuestra especie y ya dejamos atrás nuestro bono demográfico.

Por ello, nuestro crecimiento futuro, y consecuentemente, la capacidad de crear oportunidades de inclusión social, dependen del ingenio y eficiencia con la que utilicemos los factores de producción disponibles. Para nosotros es mayor el costo de oportunidad de la ineficiencia.

El incremento de la productividad es, además, una herramienta indispensable contra la desigualdad. En el largo plazo, la desigualdad en una sociedad está dada fundamentalmente por la diferencia entre la rentabilidad del capital y la tasa de crecimiento de la economía; especialmente de aquella parte del crecimiento que se explica por incrementos en la productividad del trabajo.

Es cierto que el crecimiento en los salarios reales está afectado por otras condicionantes de economía política, pero sin crecimiento de la economía y de la productividad del trabajo una sociedad es incapaz de ofrecer la aspiración esencial de mejorar las condiciones de vida y formar un patrimonio familiar.

Las políticas públicas orientadas a incrementar la productividad tienen un efecto de justicia social, en el tanto apuntan a eliminar los privilegios de las actividades extractoras de renta y generan incentivos para que las personas talentosas asuman riesgos calculados y sean retribuidas.

La productividad también incide positivamente en el medio ambiente. La eficiencia en el uso de recursos y las tecnologías verdes, no solo nos acercan a las metas de descarbonización, sino que nos hacen más competitivos.

Costa Rica debe aspirar a poner su marca sobre soluciones climáticas escalables que generen miles de empleos de calidad. La pandemia solo nos ha asomado como ejemplo el potencial de impacto de la digitalización de muchas actividades sobre la productividad y el ambiente.

El crecimiento histórico de nuestra economía se explica fundamentalmente con la acumulación de factores, en lugar de ser el resultado de una estrategia consistente de crecimiento basado en productividad.

Las últimas décadas vieron crecer la productividad laboral y la productividad total de los factores producto de la apertura. Sin embargo, nuestro nivel de productividad laboral es casi tres veces menor al promedio de los países de la OCDE. Si nada cambia y siguieran los mismos niveles de crecimiento en productividad de la década concluida en 2018, tardaríamos cuarenta años en alcanzar el promedio OCDE.

Nos hemos graduado, como un país de renta media con legítimas aspiraciones de primer mundo, pero estar a la altura de las expectativas requerirá visión, audacia y liderazgo pertinaz. Nos encantaría descifrar una fórmula mágica, alguna combinación de medidas de corto plazo que saquen a miles de la pobreza o que resuelva las inequidades más estructurales de nuestra sociedad.

Desafortunadamente, no bastará con una escogencia de frutos maduros. El crecimiento basado en productividad es un largo y afanoso camino. Está condicionado por la estabilidad macroeconómica, la eficiencia de la institucionalidad y una gestión tenaz para implementar políticas inteligentes dirigidas a impulsar la innovación en todos los sectores. Políticas dirigidas a reducir las barreras al libre desplazamiento del talento a actividades más productivas, a incorporar a más mujeres al mercado laboral en condiciones de equidad y a hacer – en sí misma – más productiva nuestra educación pública, entre otras.

Se trata de tener otra vez una estrategia de desarrollo productivo, bajo la que converjan la desregulación, la innovación ambiental y la conectividad. También, la promoción del crecimiento de emprendimientos de alto potencial y la reconversión agrícola, por ejemplo.

La empresa, es el núcleo de la productividad, por ello es imprescindible renunciar como sociedad a los sesgos anti-empresa.

Las empresas que adquieren cierto tamaño son más productivas y a su vez, hacen a su talento y a su entorno más productivos, a través de capacitación, de la adopción tecnológica y el desarrollo de capacidades organizativas, entre otros.

Las empresas grandes no son malas y el tamaño de una empresa no implica que tenga una posición anticompetitiva; por el contrario, debemos aspirar a tener más grandes empleadores y más emprendimientos innovadores con la capacidad de crecer.

Luego de evitar una crisis que afecte el potencial de nuestra economía, habrá que elevar la ambición y realinear nuestro liderazgo sobre una integradora visión de desarrollo productivo. La historia no espera y la frontera global de productividad se expande aceleradamente abriendo oportunidades apasionantes.


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