Isabel Gamboa;Isabel Gamboa Barboza; CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN ESTUDIOS DE LA MUJER;CIEM;profesora; investigadora de la Escuela de Sociología.Foto/Anel Kenjekeeva
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Dra. Isabel Gamboa para El Observador

En una marcha feminista de hace dos años, en San José, vi a una joven que llevaba un letrero que decía: “Quiero caminar por la montaña sola”. Cuando hablamos, me contó que hace rato anda con un perro de traba para salir a caminar porque tiene terror de que la violen. También mencionó que su recorrido cada vez es más corto porque teme alejarse demasiado.

Para esa misma época, una escritora costarricense muy conocida contó que se había ido a vivir fuera de San José, hace tiempo, para sentir la libertad de andar sola en la playa y la montaña, pero a partir de cierto momento el espanto de ser violada la tenía encerrada en su casa, por eso había decidido regresar a la ciudad.

Pocos meses después, una amiga fue agarrada por unos hombres que intentaron meterla al carro, en un parque del centro de San José.

Yo misma, que con frecuencia voy a la montaña, salgo a caminar sola por un trayecto de 300 metros ida y vuelta, una y otra vez y con mi celular en mano, porque me da miedo alejarme y perder de vista la cabaña. Pero antes de eso, hace muchos años, dejé de salir a correr en las madrugadas por las calles de Puerto Viejo, cuando supe de una violación ocurrida contra una turista.

Incluso cuando camino de la casa a la Universidad y viceversa, lo hago cuidándome de pasar solo por calles transitadas, y no son pocas las veces en que he cambiado de acera porque se acerca un grupo de hombres con miradas y sonrisas amenazantes o directamente gritándome; como aquella vez que cuatro cobardes desde un carro me dijeron “vieja-zorra-hijueputa” o aquella otra en que me golpearon las nalgas en plena calle.

Además, cuando era adolescente estudié todos mis años de secundaria bajo la amenaza constante -que mamá misma me recordaba cuando me decía que una noche un viejo me iba a agarrar-. Por eso, iba a mi colegio nocturno con una cuchilla en la mano, porque sabía que sí era probable que algún hombre me atisbara en la “vuelta de Célimo”, una curva sin luz y sin casas vecinas.

Pero el susto más cercano lo viví en diciembre del año pasado, cuando en un amanecer salí a correr por mi barrio y estuve a punto de ser arrastrada al interior de un carro por un par de hombres. No lo estoy contando todo, solo son ejemplos.

Permítanme que generalice: las mujeres en el mundo vivimos sitiadas y eso nos ocasiona un terror que determina muchísimas decisiones que tomamos en muchísimas áreas de nuestras vida y que implica qué hacer, a qué hora, cómo y con quién; pero también qué no hacer.

Esta realidad está documentada en nuestros cuerpos, nuestros nervios y emociones, pero también en las estadísticas y en numerosas investigaciones científicas, como La ciudad de las pasiones terribles: narraciones sobre peligro sexual en el Londres victoriano de Judith R. Walkowitz, o Historia de la violación: Siglos XVI-XX, de Georges Vigarello.

La violación, y con frecuencia el asesinato, son parte de un sistema en el que colaboran, por acción o por omisión, todas las instituciones veneradas, incluyendo a la iglesia, el Estado y la familia.

Se trata de un laberinto gigante y viscoso que las amigas que me leen pueden continuar narrando y descifrando y que Alisson Bonilla y una insoportablemente larga lista de mujeres atestiguan.


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