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Licda. Katherine Arce para El Observador

A lo largo de mis años trabajando en procesos de acompañamiento con mujeres en situación de violencia, he escuchado una expresión repetitiva: “yo creo que él es bipolar, está tranquilo y de un momento a otro se enoja y explota”. Este es uno de los tantos mitos existentes alrededor de la violencia machista, considerar que la agresividad responde a un trastorno mental; y con ello, la idea que se transmite es “esta persona está enferma, no sabe lo que hace, no es consciente del impacto de sus comportamientos”. Nada más alejado de la realidad.

Lo que poco se reconoce es que la violencia no ocurre de un momento a otro. Se construye de forma paulatina y progresiva, a través del ciclo de la violencia. Leonor Walker, psicóloga e investigadora pionera en este tema, establece esta teoría desde la década de los 70’s, tras múltiples testimonios de mujeres en situación de violencia.

Walker logra identificar un patrón de comportamiento similar en todas las situaciones de maltrato y observó cómo estas conductas se repetían de forma cíclica a través del tiempo. Así, el ciclo de la violencia permite entender de qué manera ocurre la violencia basada en género y contribuye a explicar las dificultades que muchas víctimas enfrentan para poder salir de estos vínculos.   

El ciclo se compone de 3 fases. Quien lleva “la batuta” del ciclo es la persona violenta, es quien elige en qué momento pasa de una fase a otra. En este escenario la víctima responde emocionalmente ante cada etapa del ciclo del agresor, tratando de sobrevivir y lidiar con la dinámica. 

Fase #1: Acumulación de tensión.

La persona agresora empieza a acumular tensiones, molestias, cosas que no le gustan o le incomodan. Pueden presentarse algunos incidentes de violencia sutiles como comentarios sarcásticos, burlas, algunas peleas pequeñas. Esta etapa puede tener una duración indeterminada, desde días, semanas, meses o años.

¿Cómo reacciona la víctima? Suele suponer que tiene la situación bajo control. Piensa que si se comporta complaciente con esa persona logrará que no se repitan los incidentes y todo mejore. Se van justificando estos comportamientos. “Es que lo hizo porque estaba tomado o drogado”, “tuvo un día tenso y por eso se comportó así”, “estamos pasando por una situación económica complicada y eso le estresa”, etc.

Fase #2: Explosión de la violencia.

Es la fase más breve del ciclo, donde se presenta la descarga de todas las tensiones acumuladas durante la fase anterior. Es aquí cuando ocurren los incidentes de violencia más fuertes, en cualquiera de sus manifestaciones: física, psicológica, sexual y/o patrimonial. A través de las investigaciones hechas, Walker llega a la conclusión de que la persona agresora elige ejercer su violencia contra la víctima, de forma intencionada, planificada y selectiva.

Esta fase constituye un shock para la víctima. Experimenta una sensación de incredulidad que la lleva a paralizarse. “No entiendo qué le pasó, estábamos bien y de repente reaccionó así”, “nunca le había visto comportarse de esa manera, ese no era él”. A esto le agregamos la tensión psicológica que vive, el miedo, la angustia, la tristeza, el temor tras el incidente, problemas de insomnio, sensación de inseguridad, ansiedad, impotencia, aislamiento, entre muchos otros. Empieza a plantearse tomar decisiones: ¿separación?, ¿terapia?, ¿denuncia?, ¿huir sin que sepa su paradero?…

El agresor reconoce que la víctima puede estarse planteando tomar decisiones que implican consecuencias negativas para su persona, y esto no le sirve. Ante este escenario debe replantearse otras formas de seguir ejerciendo el poder sobre la víctima, sin que ella se dé cuenta, de forma que dude de sus decisiones y posibilidades para salir del ciclo. Es aquí cuando llega la última fase.

Fase #3. Reconciliación, alivio temporal o “luna de miel”    

El agresor minimiza la violencia ejercida en la fase anterior, o bien culpa a la víctima de su violencia. “Eso que pasó no fue para tanto, usted está exagerando”, “a usted le gusta hacer una tormenta en un vaso de agua, por eso tenemos tantos problemas”, “no me di cuenta cuando reaccioné así, me salí de control”, “usted me provocó, le he dicho mil veces que no me gusta esto”, “usted está viendo cosas donde no las hay, se está volviendo loca y ocupa ayuda”, son tan solo algunos ejemplos de cómo se busca empequeñecer lo ocurrido.

Aunado a esto, la persona agresora pide perdón, promete que no se repetirá el incidente. Propone buscar ayuda para sí mismo o la terapia de pareja para mejorar. Da la palabra de que finalizará la relación paralela que tenía, que dejará de consumir alcohol o drogas, comienza a asistir a espacios religiosos, aporta más económicamente a los gastos familiares, empieza a asumir responsabilidades en casa y con los hijos e hijas en común, propone un viaje para solucionar las cosas y reencontrarse, trae flores, chocolates… ejerce formas de manipulación afectiva para que la víctima no se aleje y la relación no termine.

Para la víctima, ver todo este comportamiento implica cuestionarse las decisiones que antes estaba cavilando. Empieza a esperanzarse ante los “cambios” del agresor, recuerda que esta es la persona de la cual se había enamorado y a la que había conocido en un inicio. Piensa que si ella también pone de su parte la situación mejorará. Considera que lo ocurrido anteriormente fue un hecho aislado y que la agresión no volverá a repetirse, por lo que sigue sosteniendo el vínculo con la persona agresora.

Y el círculo vuelve a comenzar…

Estar en el centro de un ciclo de violencia es una “montaña rusa” emocional para las víctimas. Su vida transcurre entre el bajo perfil (buscando “evitar” que el agresor explote), el miedo, la tristeza, el dolor tras la violencia recibida, y luego la esperanza de que todo cambie…y así consecutivamente.

Esto explica por qué para muchas víctimas es tan difícil interponer una denuncia legal o social, terminar con el vínculo y por qué se tardan años en romper el silencio. Aceptar que se es víctima de violencia es un paso sumamente difícil, pues implica reconocer los daños acaecidos como producto de esa relación. Sin embargo, siempre hay una salida. Romper el ciclo es posible.    

Licda. Katherine Arce
Psicóloga, especialista en temas de género


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