Más allá del estado financiero

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Por Luis Mastroeni, profesor U Lead

Siempre que a un empresario le preguntan sobre su negocio, lo primero que hace es hablar con frases como: “la rentabilidad es la que esperaba”; “me parece que el margen está bien, pero se ha visto afectado”; “los accionistas están felices con las utilidades”.

Es decir, los argumentos son siempre económicos o financieros. Muy pocos dicen: “la política de derechos humanos está en el top de prioridades en la agenda de la Junta Directiva”. Y es una lástima, porque eso va a poner en riesgo su empresa, muy pronto.

Los temas que antes no eran considerados prioritarios en una reunión de accionistas o entre los dueños de un negocio, son hoy en día los más importantes. Lo dice el informe de riesgos para las empresas que todos los años publica el World Economic Forum (WEF) en su reunión en Davos. En el 2021 fue virtual, pero no omitieron su publicación.

Al observar el mismo reporte desde hace cinco años se puede notar como son, cada vez más importantes, los temas asociados a cambio climático, eventos o desastres naturales, política, tecnología, agua y otros y cada vez menos ponderados los económicos.

Vamos a dejar algo claro. Por supuesto que los riesgos tradicionales (de mercado, de crédito, macroeconómicos, crédito y otros) siguen siendo importantes y vitales para una empresa, pero ya no son los únicos. Solo los ejecutivos que logren introducir en sus agendas los otros riesgos, saldrán bien librados cuando sus juntas directivas los llamen a cuentas.

Los nuevos riesgos vienen cargados de labores para todas las organizaciones que quieran ser resilientes, no solo a la pandemia del covid-19, sino también a otras “pandemias” que se vienen gestando desde hace muchos años y una, por ejemplo, es la del cambio climático. La única diferencia entre ambas es la velocidad, pero tendrán los mismos efectos. A lo mejor, la climática, un poco más devastadores.

Los estados financieros siguen ejerciendo un papel vital para las empresas, pero el largo plazo de ellas ya no solo dependerá de ellos. La sociedad espera más. Y ahí radica la diferencia entre las compañías que quieren prosperar y las que deciden no hacer nada y quedarse rezagadas en el tiempo.

El contexto social y ambiental en el que se opera actualmente es mucho más estricto que en la época donde las empresas solo llegaban a los lugares y hacían lo que les venía en gana.

Hoy en día es necesario un vigoroso plan de relacionamiento con las partes interesadas (stakeholders) y una clara visión de progreso para todos, si es que se quiere prosperar. Ya el Covid nos mostró lo que les pasa a las empresas cuando el contexto está enfermo o se deteriora. Y no solo a las empresas, sino a todos. Sin un contexto sano nada prospera.

Por todo esto quienes están al frente de los negocios tienen una gran responsabilidad, pues el futuro va más allá de precios altos y costos bajos; de materia prima accesible y cumplimiento a medias de la ley. Los riesgos aumentan en una sociedad que quiere saber cómo, cuándo, quién y dónde se hacen los productos; cómo se trata a los colaboradores; en qué se cree sobre diversos temas. La empresa no es más un espectador de la sociedad, es una pieza clave y debe decidir entre colaborar por un mejor desarrollo para todos o asumir las consecuencias.

¿De qué hablo cuando digo consecuencias?, pues de que el consumidor ya no compre sus productos porque sigue sin tener un código de ética; hablo de que el banco le niegue la línea de crédito porque no puede mostrar sus planes contra el cambio climático; hablo de que se perderá competitividad pues no se opera con los nuevos estándares ambientales, sociales o de gobernanza.

Es importante decir que esto no es lo que hemos conocido como la “responsabilidad social” de las empresas, que se convirtió en un pretexto, para seguir operando de manera incorrecta, pero con la justificación de la donación a una ONG o la siembra de árboles anual con la respectiva fotografía. Esto va más allá.

La responsabilidad social es una estrategia que funciona, cuando se hace con seriedad y se deja de ver de reojo o solo con el corazón. Por ejemplo, el banco BBVA anunciaba hace pocas semanas que dejará de financiar a empresas del sector del carbón, por el impacto que tienen con el medio ambiente. Todos los empresarios saben que el acceso al crédito es vital para desarrollar un negocio y las posibilidades de hacerlo tienen cada vez más un listado de condiciones nuevas.

El reto de crear valor

En este reto que tienen las empresas, de volver su gestión de creación de valor de una donde solo agregaban valor económico a otra donde deben crear también valor social y ambiental, es donde la responsabilidad social tiene sentido y es una gran inversión.

Los especialistas en la materia pueden sentarse, por ejemplo, con los expertos en riesgo para que empiecen a comprender que hablar con el vecino, limpiar el río o tratar bien a los colaboradores son parte de esa famosa matriz de riesgos y que, si no los abordan con planes concretos los resultados, en el largo plazo, no serán los mismos.

No faltará quien comente el artículo y diga que si no le muestran el retorno sobre la inversión no creerá en esto.

La pregunta no es, en este caso, cuánto dinero de más se va a ganar (aunque en el largo plazo son más rentables estas empresas), la pregunta correcta es que le pasará a la empresa si no se prepara desde ahora para enfrentar las nuevas exigencias del mercado, el consumidor, los bancos, los inversionistas, incluso, como en Europa, la legislación.

Más allá del estado financiero, están los nuevos riesgos. Las nuevas exigencias. Y aunque parezca mentira, es el lado más blando de las empresas, el que terminará salvándolas ante los tiempos que nos esperan.


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