El rostro del comercio sexual en Costa Rica: “Tengo 50 años de pulsearla en la Zona Roja”

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Pasar por la Zona Roja de noche es visualizar una parte del comercio sexual que se ofrece en las calles y avenidas capitalinas. Algunas personas tienen un concepto de mujeres jóvenes y esbeltas en las esquinas, que además, muchas veces son víctimas de hombres agresores.

Sin embargo, más allá de ese estereotipo, hay rostros, con arrugas y camino recorrido, que presentan el otro lado de esta actividad, olvidada por las instituciones y por la misma sociedad.

Elizabeth Salas tiene medio siglo de ser trabajadora sexual (o como prefiere decirle ella): “tengo 50 años pulseándola en la Zona Roja”. Mujeres como Elizabeth ven la vivienda como el mayor reto que les impide salir adelante y dejar esta actividad.

“En veces nos vamos ahí a pedir a donde nos dejen dormir, mientras Dios nos repara algo para ir a pagar otro hotel para seguir sobreviviendo”, detalló Salas, de 59 años.

El precio de un cuarto en un hotel varía entre los ¢4 mil y los ¢6 mil por noche. Andrea, como la llamaremos para este reportaje, también es trabajadora sexual y residente del distrito Merced. Ella se considera una mujer con suerte porque tiene amistades que le dan hospedaje cuando no tiene donde dormir.

“Aunque uno no esté pagando hotel porque le están ayudando, siempre hay que buscar cómo comer. Mientras más vieja, más le cuesta a uno”, relató Andrea.

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Una casa llena de esperanza

A través de programas de costura, jabonería, bisutería y pintura, las mujeres de la Zona Roja se pueden mantener lejos del comercio sexual. Casa Esperanza pertenece a la asociación Face of Justice (Rostro de la Justicia), les da un respiro en medio de la crisis perenne que viven todos los días de su vida.

“Somos una organización cristiana donde tratamos de asistirlas en todo lo que podamos, de proveerlas de las oportunidades que nunca tuvieron en su vida”, explicó Sylvia Gómez, directora de Casa Esperanza.

Esta publicación muestra a cinco mujeres de la Zona Roja aprendiendo a hacer joyas:

 

Cada quince días, este hogar lleno de amor le entrega un paquete de alimentos básicos a más de 70 mujeres de la Avenida 30 de la Zona Roja, además de alcohol en gel -cuando alcanza- o mascarillas, producidas por Ana Yency Fallas, una mujer que logró salir de las calles, gracias a Casa Esperanza.

Fallas, de 55 años, ahora se dedica a dar clases de costura y se montó una micro empresa de mascarillas, después de 15 años de lucha por intentar dejar las drogas y la prostitución.

“Yo estuve en costura con Ana Yency, hasta me han celebrado los cumpleaños ahí con ellos también. Los jueves de estudio bíblico no me los perdía yo; dígales que las extraño mucho a todas”, resaltó Andrea.

Uniones solidarias

Dormitorio Solidario presta sus instalaciones para la entrega de estos alimentos, en la cual también participa Chepe Se Baña y a la cual El Observador tuvo acceso y lanzará este domingo. El Observador presentará la historia de Dormitorio Solidario y Jhon Linki, uno de sus residentes, que además es amante de la música.

Si usted desea acercarse a Casa Esperanza y apoyar a esta organización, puede hacerlo a través del correo [email protected] 

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El periodismo me acerca a las realidades más puras y crudas de la sociedad. Mi único deseo es proyectar esa información a través de las letras e ir cambiando al mundo una nota a la vez.

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