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La familia del Valle acumula un camino y legado de más de dos siglos, 230 años, en labores de restaurar y «vestir» a la Virgen de los Ángeles. Desde antes de que Costa Rica fuera república, comenzó a tener su mayor cliente en la Iglesia Católica, que desde España trajo esta religión a nuestro país.

Fernando Soto forma parte de la sétima generación de orfebres que se han encargado de guardar la imagen de la «Negrita». Sin embargo el negocio de los del Valle también se ha visto afectado por la pandemia por COVID-19.

«Nosotros le damos servicio al resto de las iglesias del país y se me ha venido bastante abajo el servicio porque con las iglesias cerradas no hay ingresos y así no pueden mandar a hacer ningún trabajo. Los pendientes se cancelaron, hasta nuevo aviso», detalló Soto.

El taller que le heredó su padre, José Antonio Soto del Valle, nunca le ha cobrado a la Basílica de Cartago cuando realiza trabajos para la «Negrita». Este año no hubo encargos ni restauraciones que hacerle.

Debido a la pandemia, la misa del 1 de agosto en el cual se viste al ícono religioso será a puerta cerrada y transmitida por la página de la Basílica de los Ángeles. Arranca a las 11:00 a.m.

Amor al trabajo

Fernando Soto e Ingrid Umaña están detrás de la Orfebrería Soto del Valle. (Cortesía)

Aparte de los encargos para distintas iglesias católicas, Soto mencionó que también confeccionan imágenes a los creyentes para tener en casa, como coronas y resplandores.

«Eso me ha ayudado un poco en esta pandemia porque la iglesia ha mermado con el trabajo. Con esos encargos he ido pasándola; no son piezas de gran valor, son pequeñas, de unos ¢35-40 mil, para los pagos básicos», confesó Soto.

Entre esos trabajos empezó a fabricar unas vírgenes pequeñas (de unos 10 centímetros), por encargo de un amigo, con unos moldes que tenía de su bisabuelo. Su conocido le comentó a otros familiares y ahora está trabajando en un segundo encargo con otra cantidad importante de virgencitas.

«Apenas las tuve listas, llegaban al taller a recogerlas, no me duraron ni dos días», relató sorprendido don Fernando.

Todo está ligado

Aunque la orfebrería lleva la base de la joyería, Soto prefiere dedicarse al arte sacro. La pandemia le ha enseñado a amar el trabajo, sin importar las preferencias que mantuvo en el pasado.

«Es una lección que nos está dando todo esto, es tenerle amor al trabajo. Nos ha enseñado a seguir creciendo y a no estancarnos en una sola cosa, sino siempre estar abierto a nuevas opciones. Ya no es como antes, ahora es hacer todo, todo suma; si el cliente lo solicita, hacerlo», afirmó el orfebre.

Don Antonio a sus 90 años todavía trabajaba para el taller, hasta que llegó el día cuando ya se sintió cansado y decidió dejarle la herencia a su hijo. «Podes manejar el negocio como querás, eso sí, sin perder el trato al cliente y la calidad», le instruyó su padre; a lo que su hijo contestó: «entonces no hacemos más joyería».

Paralelo al oficio de la orfebrería en la parte eclesiástica, la tradición en los talleres Soto del Valle Orfebres siempre había sido vender joyería, sin embargo se dejó de hacer por un tiempo, cuando estuvo al mando de Fernando.

Su esposa Ingrid Umaña, su compañera de trabajo y de vida hace 18 años, terminó heredando el arte de las joyas.

Todos los trabajos de la joyería se fabrican en plata 950 (95% plata pura y un 5% de aleación), así como en oro amarillo, blanco, gris y rosa (de 18 o 14 kilates). (Cortesía)

«Mi esposa se quedó sin trabajo hace unos años y llegó diciéndome que iba a trabajar conmigo y a ayudarme en la parte de joyería. A mi papá hasta le brillaron los ojos; se sentó mi papá a enseñarle todo lo que sabía, dos años antes de que falleciera», relató Soto.

Don Fernando se describe como un hombre poco dado a las redes sociales por lo que todavía no promociona su trabajo de manera virtual. «Hasta esa parte la heredé de mi papá también», bromeó.

Para realizar algún encargo puede contactarlos al teléfono 8844-7957 o buscar en Facebook In Joyería, la cuenta de su esposa Ingrid, dando click aquí.


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