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“Hay silencio. La ciudad de noche es una bóveda que custodia historias y augurios.”

Por mujer poeta costarricense

Mientras el autor de las fotografías rueda con su moto por las calles casi vacías de la capital, en El Observador somos testigos de una avalancha informativa: una, dos, tres noticias; cada una tan importante como la otra.

Se vive la aceleración informativa y se percibe la paranoia sanitaria. Es un momento sin precedentes aquí y en China… literalmente.

“La cifra de muertos escaló a más de 200 en Estados Unidos”, reza un titular.

“El régimen de Daniel Ortega desoye las medidas y convoca a la marcha ‘el amor en tiempos del COVID-19′”, alerta otro.

En San José el viento se alcanza a escuchar. Solo le acompaña una marimba, la única que se niega a irse pese a la súplica de aislamiento voluntario.

Así es el mundo en los tiempos del coronavirus. No cesa en su vorágine de desenlaces en torno a la epidemia que golpea a la humanidad. La misma que recluye a las personas en sus casas y rascacielos, recordándoles que son miembros de una especie frágil y débil.

En el resto de la Avenida Central ya no se mezcla la música de las tiendas con las ofertas de los vendedores ambulantes. Y “Aura”, la que tiene el puesto por el reloj de la Plaza de la Cultura, hace unos días dejó de ir.

San José se torna más fácil para el andar cuando ya no se puede -o al menos no se debe- caminar. El Mercado Central ya no huela a esa mezcla única de sopa de mondongo y ceviche… o a flores, hierbas y carnes colgando de un gancho.

El helado de sorbetera ya no tiene quien lo lama. Los bancos de madera ahora se separan y se prohíben uno de por medio.

“Al viento”, la frondosa escultura de Manuel Vargas, se seca sin las miradas curiosas de niños y de quienes agradecen que regale estética a una ciudad caótica y desordenada. En la tormenta de un virus, todos salen salpicados. El ministro Daniel Salas lo recuerda todos los días. ¡Reaccione Costa Rica!

Se tambalea el comercio, sufren las empresas y el empleo. Ya no hay juegos en la cancha de baloncesto, ni en la de fútbol, ni en las hamacas… en ninguna de las 72 hectáreas de la Sabana.

Los feligreses ya no comulgan. La Merced y todas sus hermanas cerraron también sus fronteras. Los parques lo hicieron primero, las misas después.

La Avenida Segunda no es más un torrente de sangre metálica con células de buses, taxis y ubers. Se frena con toda su imponencia de cinco carriles. 

Dos amigos, uno con mascarilla y otro sin ella, nos recuerdan que la vida sigue y seguirá. Algún día regresarán las sonrisas, las mejengas y los besos en el parque Central. Y también sobrevivirán los bulevares y el Barrio Chino.

Celebrar el Día Mundial Sin Carro cayó este año en marzo. El aislamiento de las masas y la reclusión en las viviendas son la opción para combatir al COVID-19.

Mientras tanto, San José se acostumbra a apagarse con tardes más calladas.


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