Miedo, playas sin turistas y un abrazo lejano, el coronavirus enfría a Guanacaste

Cañas es el cantón con más casos de COVID-19 con 16 hasta este jueves

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Doña Iris Umaña de 87 años vive efusiva, pero sin salir más allá del marco de la puerta a saludar. «Hay que cuidarse», sentencia. (Manuel Sancho/El Observador)

(Cañas, Guanacaste) Huele a mar y playa en La Cruz. Sabe a leche dormida Cañas. Sabrosas están las tanelas y rosquillas en Nicoya. Refresca el viento del estero en San Buenaventura de Colorado de Abangares. Relincha un caballo en Liberia, ansioso por volver a galopar en una calle y mirar cansado a la luna llena en la noche…

Guanacaste saluda con el calor de siempre, pero la sonrisa soleada es diferente hoy, torcida. El abrazo ya no es de cerquita, con una invitación a una fría horchata fresca ante el sudor que resbala de mi frente. Es más distante y lejano… Además de infundir miedo, el coronavirus también cambia las sensaciones de un pueblo.

«Está en primer lugar de Guanacaste», dicen doña Mercedes Umaña, vecina de 57 años del centro de Cañas, en referencia al «liderazgo» del cantón en casos de COVID-19 en la provincia con 16 hasta este jueves 21 de mayo. Conversa con El Observador detrás de una careta plástica. Aumentó la vigilancia pues vive con su tía Iris de 87 años.

«Sí la gente le tiene mucho miedo, principalmente la que trabaja en sodas y restaurantes, tienen horror. (…) La pandemia ha cambiado mucho a la gente», comenta la cañera, pero en un sentido más positivo también.

«Ha cambiado en sentimientos. La gente ahora convive más con las personas. Ayudan al que no tiene», asegura con optimismo, y de nuevo brilla la sonrisa hecha del calor de la pampa, el mismo que sentí de güila en el consuelo de Mama Rosa y las coplas de Tía Amelia (que por cierto Mercedes Umaña conocía a ambas).

Este jueves, Cañas – donde el pueblo sabe que es el primer lugar y más personas andan mascarilla que en el resto – recuperó a un enfermo de coronavirus que pasó a la lista de sanos. Una razón para abrazar.

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Bahía dormida

La Cruz depende del turismo en gran manera, con hermosas atracciones en Bahía Salinas, desde playas hasta kitesurfing y pesca deportiva. (Manuel Sancho/El Observador)

Cruceños, nicaragüenses, cartaguitos y más conviven en La Cruz, el cantón más norteño de Guanacaste y con solo un contagio de COVID-19. La paz que camina por la faz de las aguas en Bahía Salinas es la misma en el parque o en El Jobo. Pero el miedo resuena en el viento.

Quizás viene desde Peñas Blancas a poco más de 20 km. En la frontera norte del país, una insostenible presa de traileros suma ansiedad a la tensión de la «nueva realidad» de la pandemia, y a los intentos – hasta ahora insuficientes – del Gobierno por proteger la salud sin crucificar a la ya arrodillada economía.

Pero sin esa fila kilométrica hirviendo, igual el morete se amplía sobre la piel morena guanacasteca, piel bravía que sabe aguantar palo y sol y sequía y pobreza y hambre. «El ahorro se va acabando, hace falta mucho. Trabajo. Nos quedamos con las manos atadas, no tenemos trabajo para nada», afirma Erick Arrieta, mientras ensaya con su yegua Rancherita en la pequeña plaza detrás del mirador de La Cruz.

Además de domador es trabajador del sector turismo. Tiene una embarcación donde guiaba a turistas a pescar y a otras bellezas de un cantón precioso pero menos visitado por los ticos. Improvisó manejando buses que cruzan Centroamérica, pero con el cierre de fronteras se cerraron puertas.

«La situación es bastante grave. Pero damos gracias a Dios por la salud que tenemos, porque otras familias no la tienen», lanza con genuino optimismo. Habla sonriendo y sonríe hablando, aunque en su mirada se nota cansancio de remar bajo el sol.

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«La gente tiene temor», acepta, al tiempo que descarta que la nueva medida del Gobierno de abrir las playas por unas pocas horas en la mañana tenga un efecto en el negocio turístico.

Nicola Bertoldi, dueño del Hotel Blue Dream Kiteboarding Resort frente a Bahía Salinas, intenta ahorrar cualquier gasto, ante la caída en ingresos. Sin turismo pasó de emplear a seis personas a solo una. Por eso pide a las autoridades apoyos para los empresarios del sector, por ejemplo exonerando ciertos pagos.

«La apertura de 5 a 8 de las playas es nula para el turismo. No vamos a empezar a tener turistas que lleguen con ese pequeño acceso», lamenta el extranjero.

Eric Arrieta entrena a su caballo de paso en La Cruz. El Hotel Dreams Las Mareas ubicado en este cantón guanacasteco suspendió la actividad en marzo y despidió a 640 personas. Él era una de esas. (Manuel Sancho/El Observador)

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Menos actividad…y aceptación

La usual actividad y conversación alegre y rápida se apagó en el parque de Liberia. (Manuel Sancho/El Observador)

Justo Rodríguez tiene 86 años y 25 de ser taxista en Liberia, donde hay cuatro casos positivos.

«Tiene miedo la gente a la enfermedad. La gente de San José la traé», bromea desde su asiento al lado de su mascarilla guindando. «¡Yo no le tengo miedo! Ya viví bastante en esta vida», agrega entre risas.

Pocos liberianos tertulian en el parque. La actividad comercial se mantiene en la ciudad más grande y con un centro dinámico y con múltiples empresas.

Justo Rodríguez no teme al COVID-19. (Manuel Sancho/El Observador)

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Comunidades guanacastecas se escudan en sus casas, mientras la economía costera intenta adaptarse y en algunos casos sobrevivir.

Doña Mercedes nos despide y señala para que compremos una leche dormida antes de irnos. «¡Sería como no venir si no toma!», sentencia.

Nos vamos de la ‘tierra fértil plagada al sol’ y deseo con mi alma volver a ver el contorno sangrar desde un corredor en Quebrada Honda o en la playa de Nosara. Ya llegará. «Esperamos que se solucione», insiste Arrieta al lado de Rancherita. Pues sí, ya llegará.

Las playas reabrieron pero por pocas horas en la mañana. (Manuel Sancho/El Observador)

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