¿Qué hacemos con el agotamiento emocional?

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Beatriz Cascos para El Observador

Parece que esta pandemia se ha propuesto dejar una huella inmensa y cuando digo inmensa, no sólo hablo del impacto en tantos sentidos, sino de los días y las noches que están sucediéndose, unos tras otros, sin un atisbo de “the end”.

Lo que puedo observar, escuchar, padecer, en ocasiones, es un cansancio emocional superlativo, que de alguna manera, se drena, sangra, y produce una hemorragia de emociones, que después de tantos meses comienzan a tener un impacto anémico y que debemos atender.

Las familias, ¡ya no pueden más! Los niños y las niñas están agotados del cole virtual; que sin duda ha sido una respuesta inmediata y eficaz, para mantener de alguna forma una cierta escolaridad, unas pequeñas mentes activas dedicadas a seguir aprendiendo a cualquier costo.

De un 12 a un 13 de marzo del 2020, nos despertamos siendo docentes, madres, padres, psicopedagogos, psicólogos, coaches, chefs, entrenadores, animadores, ludotecarios… y aunque ya lo éramos,  la diferencia es que nuestros hijos recibían estímulos humanos de otros muchos seres vivientes, experimentaban fuera del nido: exigencia, tolerancia, sonrisas, disciplina, simpatía, antipatía, dulzura, frialdad…y un sinfín de insumos, de los que aprender y a través de los cuales crecer.

Ocho meses más tarde, nuestras garrapatillas humanas chupan la sangre que necesitan, casi exclusivamente de nosotros, padres y madres, y eso, “mi querido Watson”, ha desembocado en una anemia emocional colectiva, a la que tenemos que hacer frente.

Cuando las familias, me preguntan: ¿Qué hacemos, Bea? ¿Cómo podemos manejar este agotamiento emocional, que no deseamos, pero que como condición biológica nos está empezando a dominar?

Y me doy cuenta que no tengo ni idea, porque la anemia emocional sucede por exceso de sangrado, que ante esta situación real, no podemos evitar.

No podemos evitar los despidos, los insomnios por cómo afrontaremos los gastos de final del mes, la ansiedad por no poder planificar, el miedo de tener que enterrar a nuestros padres, a nuestros mayores. No podemos detener el sangrado emocional.

Pero sí podemos descansar. Sí podemos comer lentejas y frijoles, y sí podemos dejar de ponernos metas inalcanzables en este momento.

¿A qué me refiero con esta metáfora?

Necesitamos dejar de compararnos en redes sociales. Dejar de sentirnos culpables por ir a trabajar y dejar a los niños con nuestro ángel cuidador, al que tal vez le cuesta leer.

Necesitamos nutrir nuestro alma de comida de puchero calientita y dormir mejor, enlazando pies y piernas, en un lecho colectivo de familia, que ponga a latir nuestro corazón.

Necesitamos espacios a solas, donde poder leer, escribir, cocinar, coser, orar… Necesitamos “me-time”, una ducha caliente, un masaje, un paseo por el bosque cerca de casa. Necesitamos reducir drásticamente las pantallas, hacer el esfuerzo de apagarlas, de verdad…. A partir de las 6 pm.

Necesitamos recibir el exterior en modo avión. Necesitamos echar siestas el fin de semana, no sentir agobios si la casa no está limpia, si hay una montaña de ropa para la plancha…. Es necesario, asumir nuestra anemia emocional y no exigirnos más de lo que podemos dar.

Por favor…mírese al espejo.

Podrá observar más ojeras. Tal vez la mirada está cansada.

No se preocupe que sus hijos le ven grande, le ven inmensa, inmenso, le ven maravillosa, maravilloso, capaz de derrotar a este dragón enorme de tantas cabezas. No tengamos miedo de reconocer que estamos cansados, que necesitamos tiempo para llorar un rato; necesitamos nutrir ésta anemia de cualquier manera.

Venga, siéntese a mi lado, no haga nada. Déjeme que le cuente que su llanto, es mi llanto: familias creciendo, luchando. No pasa nada por estar cansadas. Ahora es el tiempo de cuidarnos, de entender que todas las familias, en cualquier formato, necesitamos un lecho donde reposar tanto.

 


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