Escuchar este artículo
Tiempo de Lectura: 4 minutos

Licda. Katherine Arce para El Observador

Últimamente me siento como deprimida, pero no sé porqué. Todos los días saco fuerzas de no sé dónde para poder salir de la cama y hacer lo que tengo que hacer.

  • ¿Qué es eso que tenés que hacer?
  • ¡Diay! Lo normal que hace una…
  • ¿Qué es eso normal?

Lo de siempre. Alistarme a primera hora, preparar el desayuno, despertar a mis hijos, asegurarme que coman. Veo la hora y ya es momento de empezar con las clases. Corro a buscarles el material que necesitan (¿hoy empezaban con español o con ciencias? ¿qué día es hoy?)

Me conecto a una reunión laboral, pido un momento para ir a ayudar a mi hija con una duda de su tarea. Mi hijo me llama porque tiene hambre y quiere unas galletas. Recuerdo que ya se van a gastar las que tenemos, busco la lista de compras pendientes para anotarlo.

Termina la reunión con la que estoy y me mentalizo para terminar el documento que tengo pendiente. Suena el teléfono, es mi tía – recién operada – llamando para recordarme el retiro de sus pastillas en la clínica. Veo la hora, ya es casi medio día. ¿En qué momento se me fue la mañana?

  • ¿Y de ahí, a cocinar el almuerzo?

No…por suerte tengo a mi mamá. Es de esas señoras de antes que le gusta estar metidas en la cocina. Ella me manda varias raciones de comida a la semana, porque sabe lo complicada que estoy. También me ayuda a cuidar a mis hijos cuando ya se me hace imposible a veces.

  • ¿Y cómo sigue la tarde?

Lo normal. Mi hija y mi hijo ven televisión mientras comen. Se concentran tanto en eso que yo aprovecho para almorzar rápido y usar unos minutos del tiempo para acomodar un poco el desorden de la casa. Luego trato de avanzar lavando los platos, porque hasta me da vergüenza ver la cocina sucia y desordenada. ¿Qué diría la gente de mí?

  • ¿Y luego?

Sigo con mis obligaciones y mis hijos con las de ellos. Mi hija se exalta y urgida me pide el dibujo que pintó el día anterior, lo necesita para enviarlo a su maestra. Le digo dónde está para que lo busque, pero termino levantándome a ayudarla porque no lo encuentra.

Me dispongo a seguir el documento que dejé a medio terminar en la mañana, entra una llamada de mi jefe para pedirme que lo cubra en la presentación de la tarde. ‘¡Claro!’, le digo. Corro a verme al espejo y trato de ponerme algo apto para la presentación. Mientras me estoy cambiando, mi hijo me dice que ya terminó de hacer las tareas de él y la profesora necesita que se las mande cuanto antes para revisarlas. Resuelvo lo de mi hijo rápidamente, termino de alistarme cinco minutos antes de la presentación.

La noche

  • ¿Y ya para la noche, seguís trabajando?
  • No, después de las 5:00 p.m. que es mi hora de salida ya no trabajo.
  • ¿Entonces descansás? ¿Qué hacés para descansar, leer un libro, ver televisión?
  • (Risas) ¡Jamás! ¡Ojalá pudiera! Sigo con las cosas normales de la casa.
  • ¿Cuáles cosas normales?

Ordenar y limpiar lo que no me dio tiempo en el día. Salgo por las pastillas de mi tía y voy al supermercado a comprar los pendientes. Vuelvo a hacer la cena, algo rápido y no muy complicado. Negocio con mis hijos qué veremos en la tele. Cuando veo que es hora, los mando a ponerse pijamas y a dormir.

Aprovecho, sin hacer mucho ruido, para ordenar un poco más. Llevo la ropa sucia a la canasta. Una señora llega los fines de semana a lavar la ropa y limpiar los pisos.

  • ¿Hay otra mujer que llega a trabajar en casa?
  • Sí. Le pago los fines de semana, por horas.
  • ¿Y al final del día?

Me acuesto en la cama, exhausta. Pienso en todo lo que se me olvidó por hacer, los pendientes del día siguiente, la culpa por no pasar más tiempo con mis hijos, me prometo que el fin de semana haré algo con ellos… Al final, no me doy cuenta a qué hora me duermo después de estar cavilando.

***

La “normalidad”

Este relato es la normalidad para muchas mujeres en el mundo. Una “normalidad” que refleja dobles, triples y, hoy en día, hasta cuatro jornadas laborales en el contexto de la pandemia y el confinamiento. Y solamente una de esas jornadas es vista como trabajo: el que es remunerado económicamente y reconocido socialmente. Las otras jornadas han sido históricamente invisibilizadas, pues se asocian a los cuidos.

Dichos trabajos están traspasados por la feminidad: es la abuela que cuida nietos/as y cocina para la familia; es la sobrina que ayuda a su tía convaleciente; es la madre que asume en solitario la crianza y educación de sus hijos/as; es la mujer “del otro lado de la calle” a la que se le paga poco por labores domésticas y cuidos. Son las mujeres.

¿Cuándo llegaremos como sociedad a replantearnos este sistema de cuidados?

¿Cuándo llegaremos a tomar conciencia de que los cuidos y las crianzas son una responsabilidad de todos y todas?

¿Cuándo llegaremos a entender que los cuidados deben estar en el centro de la sociedad?

¿Qué está haciendo el Estado para asumir un rol activo y tomar medidas pensando en las mujeres que cuidan? Mujeres que le representan un gran aporte a la economía, aún a costa de su salud física y emocional.

¿Qué decisiones están tomando las empresas en esta misma línea?

¿Dónde están los hombres asumiendo en plena responsabilidad las funciones básicas de supervivencia de los hogares y familias, no solo “ayudando”?

¿Quién cuida de estas mujeres que cuidan?

Licda. Katherine Arce Robles
Psicóloga especialista en temas de género


Traducir artículo