Casa Esperanza es la luz para muchas mujeres que se dedican a la prostitución y anhelan salir de las calles

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Tiempo de Lectura: 4 minutosAna Yency Fallas duró 40 años en las calles prostituyéndose y fue hasta hace tres años que dejó de dedicarse al comercio sexual. Desde los 11 años quedó huérfana y después de rondar entre varias familias por dos años, terminó en la Zona Roja.

«Desde muy niña me vendía sacándome fotos y a mis 13 años me violó el padre de mis hijos. En ese tiempo, si ya no eras señorita nadie iba a verte con buenos ojos y comencé a sentir que no valía nada», confesó Fallas en una entrevista para El Observador.

Fallas, de 55 años, ahora se dedica a dar clases de costura y se montó una micro empresa de mascarillas, después de 15 años de lucha para intentar dejar las drogas y la prostitución. Todo lo que aprendió, fuera de las calles, se lo ofreció Casa Esperanza, la cual pertenece a la Asociación Face of Justice (Rostro de la Justicia).

Free The Girls es una organización en Estados Unidos la cual les envía brasieres para que ellas vendan. Las mujeres que están en el programa, además de la venta, reciben terapias individuales y grupales, así como talleres de ventas.

«Somos una organización cristiana donde tratamos de asistirlas en todo lo que podamos, de proveerlas de las oportunidades que nunca tuvieron en su vida», explicó su directora, Sylvia Gómez.

A través de estos programas de emprendimiento, también se les enseña costura, jabonería, bisutería y pintura. Mujeres como Ana Yency han podido salir de las calles y mantenerse lejos de la prostitución.

Gómez detalló que la mayor problemática que presentan las mujeres de la Zona Roja es la falta de vivienda propia o al menos estable. Esta necesidad, más el consumo de drogas, es lo que las hunde y no las deja superarse.

«Muchas viven en cuarterías o en hoteles aquí mismo (Zona Roja), y ahora con la crisis por Covid muchas han tenido que regresar con sus antiguas parejas, agresores y proxenetas en la mayoría de los casos. Con los pocos clientes que todavía llegan, no les alcanza ni para pagar un cuarto para pasar la noche», expuso Gómez con mucha impotencia en su rostro.

El objetivo de Casa Esperanza es, en la medida de lo posible, reducir los daños que produce la violencia sexual en las mujeres. La organización trabaja con mujeres mayores de edad, entre los 28 y hasta los 64 años actualmente.

Auxilio COVID-19 en un lugar olvidado

La realidad del comercio sexual es cruda: algunas mujeres aceptan menos de ₡5 mil como pago por cliente. (Pixabay)

La crisis sanitaria a raíz del COVID-19, y según indicó Gómez, ha generado cuadros de depresión muy complejos en las mujeres que se dedican a la prostitución. Desde la Casa a veces el único recurso disponible ha sido un abrazo o un tiempo de escucha.

La directora resaltó que varias de las mujeres con las que trabajan tienen padecimientos de salud, como asma y diabetes. «Con la pandemia, todas trataron de permanecer en sus casas el mayor tiempo posible, pero la necesidad fue tan grande que tuvieron que regresar y exponerse», añadió.

Cada quince días, Casa Esperanza le entrega un paquete de alimentos básicos a más de 70 mujeres de la Avenida 30 de la Zona Roja, además de alcohol en gel -cuando alcanza- o mascarillas (producidas por Ana Yency).

«Desde la teoría tratamos de darles toda la información y los protocolos para cuidarse de un posible contagio. Ellas intentan decirle al cliente que se lave las manos y que en lugar de dar besos que lo cambien por un baile. También que las posiciones a la hora de tener este encuentro que no sean de cara, pero en la práctica todo es muy diferente», detalló Natalia Quirós, quien les brinda un acompañamiento psicológico esencial desde Casa Esperanza.

La realidad es que el trabajo debe continuar hayan o no mecanismos de protección para evitar un contagio por COVID-19. Muchas mujeres que residen fuera de la Gran Área Metropolitana (GAM), debido al cierre de playas y aeropuertos, se han venido a refugiar a las calles de la Zona Roja con la esperanza de encontrar clientes.

Acompañamiento psicológico

Las mujeres que se dedican al comercio sexual están expuestas a ese trabajo día y noche sin la esperanza de salir de eso porque no conocen nada más aparte de las calles. La mayoría no tiene educación primaria y mucho menos secundaria; algunas tienen la hoja de delincuencia manchada, por lo que se les hace imposible buscar otro trabajo.

Esto genera una depresión que las lleva a preguntarse el motivo de su vida, según lo manifestó Quirós. Ella trabaja con las mujeres todas las semanas a un nivel más íntimo.

«La única red de apoyo que tienen somos nosotras pero necesitamos una mucho más cercana, desde sus familias, o las instituciones por ejemplo. Ellas están llenas de miedos y frustraciones, muchos hubieras… pero al mismo tiempo son grandes mujeres llenas de sueños y deseos», indicó Quirós.

De las 11 mujeres a las cuales Casa Esperanza ayuda directamente, la mayoría está ubicada en tiempo y espacio, sin embargo consumen crack mezclado con otras sustancias, y alcohol. «A veces unas reconocen tener más nivel de control con el alcohol que con el crack», añadió.

Una de las metas propuestas por Quirós es romper el mito y el tabú para que puedan salir adelante. Mostrarles que ellas son responsables de hoy en adelante y quitarles de la mente que ellas tienen la culpa de todo lo que les ha pasado.

«Ser mujer, ya de por sí, es una situación llena de vulnerabilidades, y ahora siendo trabajadora sexual es el doble de estigmatizante. Este momento tan específico que estamos viviendo ha servido para enseñarles que el comercio sexual no es la vida que se merecen», concluyó Quirós.

Si usted desea acercarse a Casa Esperanza y apoyar a esta organización, puede hacerlo a través del correo [email protected]

Aquí puede leer la primera entrega de este reportaje: 

OBSERVE MAS: Sin clientes, no hay sustento: la difícil situación de las trabajadoras del sexo en plena pandemia por COVID-19


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El periodismo me acerca a las realidades más puras y crudas de la sociedad. Mi único deseo es proyectar esa información a través de las letras e ir cambiando al mundo una nota a la vez.

Un viaje diario entre palabras, versiones, hechos y verdades. Una periodista en constante aprendizaje, con el sueño de ser bióloga marina y sumergirse en las historias más profundas del gigante acuático.

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