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@Popcorn506 para El Observador

En estos primeros días de 2022, además de celebraciones y reuniones, nos hemos dedicado a un vicio muy satisfactorio: Cobra Kai.

Sí, de nuevo, por cuarta temporada, los amigos y rivales que comenzaron hace casi cuarenta años en la mítica The Karate Kid siguen en plena forma. Y nunca mejor dicho, porque físicamente siguen a una altura impresionante.

Lo decimos con toda la alegría y emoción, porque, aunque desde el principio hayamos definido a esta serie como un producto hecho para remover nostalgias y con un espíritu tendiendo a lo ingenuo, sobre todo en comparación con lo que se suele llevar en los últimos tiempos, funciona como un reloj suizo.

Los personajes principales, o los que resultan principales para todos aquellos que vivimos la fantasía original en su momento, siguen presentes y mantienen sus conflictos. Es decir, John Kreese, Johnny Lawrence y Danny Larusso; un tridente que no se soporta entre sí pero que, como en todo este tipo de enfrentamientos, acaba consolidando unas alianzas y unos nuevos equilibrios.

Aquí, como todos ya sabemos y hemos ido disfrutando, hay una serie de personajes menores en edad, que no en talento ni en posición de pelear, y que ayudan a configurar todo el entramado de Cobra Kai. Hablamos de Miguel, de Tory, de Eli, de Dimitri, de Sam…

Esta fue una apuesta muy inteligente que se sigue consolidando después de ya cuatro años. Muchas series, en su reencarnación o en su rescate, tratan de comenzar de cero con nuevos personajes a la vieja usanza.

Y eso, aquí, habría hecho perder mucho del encanto que tiene volver a ver en la pantalla a aquellos ídolos, uno rubio y otro moreno, que tan bien se pelearon por Elizabeth Shue en los 80.

La aparición del personaje de John Kreese resultó brutal aquí, como también lo habría sido la participación del señor Miyagi, en caso de que Pat Norita siguiera vivo.

Este tipo de apariciones es genial, y aquí viene el nuevo personaje en Cobra Kai, que realmente no lo es en la saga, y que viene a salvar parte del conflicto antes de que se desgaste sin remedio. Hablamos de Terry Silver, el cuasi psicópata sensei de Cobra Kai en Karate Kid parte 3.

Esa torre de melena oscura y ojos verdes, que a muchos incluso puede recordar a un personaje de Highlander (aunque no, no es él) por su imponente planta y temible desvarío mental.

Sin duda, es un personaje que, como el conjunto de la temporada, va de menos a más. Y con esto, queremos decir, sin ánimo de caer en spoilers, que esta temporada es una ascensión en plenitud.

Los primeros capítulos son más suaves, incluso más dulces. Hay más conversación de lo que a uno le puede apetecer por instinto, pero al ir avanzando los momentos, la cosa se va poniendo más interesante, hasta llegar a los dos últimos capítulos y sentir cómo vibra la pantalla.

Recomendaríamos, tal cual, ver estos dos juntos, no dejar el último solo para el final. Más que nada, por redondear la experiencia del final de la sesión y saborearlo todo como si fuera un súper capítulo.

Con este final, también queremos decir que se vuelve a demostrar otro de los grandes aciertos de Cobra Kai desde sus orígenes. Puede que sea lo más difícil de lograr en una serie y de ahí que ésta esté teniendo tanto éxito. Como decíamos, es una serie con un espíritu ingenuo, casi bonachón, que la hace muy predecible en gran parte de cosas.

Pero, a la vez, ha sabido ir derivando hacia situaciones un poco más incómodas de resolver, con tal de sorprender al espectador, y, a la vez, regalando gratas sorpresas, completamente inesperadas, que no han hecho sino aumentar las expectativas para las futuras ocasiones.

Nos vemos en la próxima, que, si tarda un año de nuevo, se nos hará eterno, pero la volveremos a recibir con los brazos abiertos.

Que siga siendo así de equilibrada y emocionante, porque es lo que la ha convertido en lo que es. El cebo, nosotros, ya lo hemos mordido.


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