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Licda. Katherine Arce para El Observador

El romanticismo de nuestra cultura es machista y patriarcal, pues está basado en la propiedad privada (“el otro es mío”), el sueño de la pareja “feliz para siempre”, la princesa sumida en los deseos del príncipe de turno, mientras que él funge como el salvador incansable.

Aprender a amar sin este romanticismo patriarcal implica muchas ventajas. Nos aseguraremos de que el vínculo se construye porque las partes implicadas así lo quieren, sin utilizar el amor como medio para encontrar la solución a los problemas de cada quien.

Resulta en un amor sin mitificar, sin endiosar o idealizar a la pareja para exigirle que se convierta en la media naranja soñada, sea Príncipe o Princesa. Aprender a relacionarse dejando atrás el amor romántico permite construir una pareja desde la honestidad: estamos juntos porque así lo queremos, la relación se acaba cuando ya no queremos estar en ella.

No hay falsas promesas de eternidad y sentimientos de traición a futuro cuando no se cumple lo prometido, se pactan condiciones en la relación de forma que ambas partes se sientan libres.

¿Cómo empezar por desaprender estas percepciones del amor romántico?

Bell Hooks, feminista afroamericana, señala en una de sus obras que el amor debe ser una acción, no un sentimiento. Esto implica que el relacionarse amorosamente no es instintivo o fuera de razón, sino todo lo contrario, implica voluntad y esto nos lleva a tomar responsabilidad propia.

Dicha responsabilidad está atravesada por, primeramente, construir un amor propio sano y fuerte. Para aprender a amarnos debemos conocernos: sanar nuestros miedos y vacíos, reconocer nuestras necesidades físicas, emocionales y espirituales y hacernos cargo de atenderlas, aprender a identificar las emociones y gestionarlas de forma asertiva…en fin, ir aprendiendo a reconocer quiénes somos.

Cuestionar los aprendizajes patriarcales que hemos aprendido en relación con el amor es central. Para ellas, es importante dejar de ver el amor como la solución a todos los problemas. Soltar el rol de la espera de la llegada de alguien que las salve y empezar a tomar manos a la obra para generar los cambios necesarios para mejorar sus vidas, sin depositar esa responsabilidad en nadie más.

Dejar de esforzarse por buscar un príncipe azul perfecto pues parte de la felicidad se encuentra aprendiendo a aceptar a la gente tal y como es, sin endiosarla, sin mitificarla y sin exigirle que cumpla con moldes irrealistas.

Amar es disfrutar, no es sacrificio, renuncia ni rendición. No implica dar todo “sin esperar nada a cambio”, si la otra persona no se invierte en la relación como usted lo hace, no hay por qué quedarse.

Amar en una relación de pareja no implica olvidarse de sí misma, de los otros afectos y los proyectos de vida, más bien puede venir a incluirse en lo ya construido. Asimismo, trabajar la independencia económica y personal resulta central para asegurarse que los vínculos son elegidos por deseo y no por necesidad o interés. Así que, invertir en su desarrollo personal es una de las mejores herramientas en la construcción del amor.

Para ellos, es fundamental que aprendan a soltar el rol de príncipe salvador. Quitarse de encima la obligación de ser un héroe, violento, fuerte y dominante puede resultar liberador. Entender que no deben comportarse de esa manera para poder ser amados; que no deben ser los ganadores en todas las áreas de su vida; que no deben responsabilizarse de todo conlleva a librarse de las culpas por no cumplir con una virilidad que se les demanda y que resulta ser dañina en muchos aspectos emocionales que surgen con el tiempo (depresión, suicidio, decisiones económicas con serias implicaciones, vidas sexuales insanas, etcétera)

Aprender que el amor es para disfrutarlo y compartirlo, no para negociar y conseguir otras cosas, como el aseguramiento del cuido y el placer. Entender que las mujeres con las que se vinculan no son esposas/ empleadas domésticas, ni están para atenderles necesidades físicas y emocionales.

Asimilar que las mujeres que les rodean no les aman de forma incondicional. Ya no están sentadas esperando a que lleguen, ni se quedarán en una relación donde no reciben en la misma medida el respeto, el compromiso y la responsabilidad que ellas invierten. Esas mujeres no son propiedades, son personas libres que eligen vincularse, y desde su libertad puede decidir irse cuando así lo quieran.

Amar no es un proyecto de vida en sí mismo, puede ser parte del camino a transitar, pero no el objetivo final. Y esto lo entenderemos cuando estemos a disposición de dejar de buscar príncipes y princesas en el trayecto, para tener la la apertura de encontrarnos con personas y seres humanos.

OBSERVE MÁS: Las trampas del amor romántico (I Parte)

Licda. Katherine Arce Robles
Psicóloga especialista en temas de género


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