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@Popcorn506 para El Observador

El cine es como el amor. Nunca sabes si la película más exuberante y famosa te va a causar rechazo y nunca sabes si la cinta más sencilla y discreta te va a seducir cual bruja maquiavélica.

Seguramente, esto es lo que muchos hemos sentido al ver The Father, dada sobre todo la inicial discreción con la que se fue presentando en las distintas carteleras.

Lo que a priori parece una sencilla obra de teatro filmada, aunque con dos titanes de la interpretación en cabecera, se convierte en una muy consistente película que sacude los sentimientos del espectador más frío. Y lo hace a través de una historia tan real como posiblemente cercana, pero también a través del trabajo de Anthony Hopkins y Olivia Colman, quienes brillan cada vez que salen en pantalla.

Anthony es un octogenario que se resiste a aceptar el paso del tiempo y, sobre todo, que está envejeciendo. Sus continuas discusiones con sus cuidadoras hacen que su hija Anne se plantee llevarlo a vivir con ella, aunque esto también suponga un conflicto para Anne y sus propios planes de vida.

Pero la mente de Anthony ya no es aquella ágil, divertida y con gran memoria. Comienza a sufrir algún vacío y a olvidar muchos de los acontecimientos de su vida pasada y presente.

Probablemente, el modo más sencillo de mostrar los estragos de la demencia de una persona en pantalla sea de un modo clásico, lineal y progresivo, apoyado en una interpretación buena sobre una historia coherente. Y estas historias de pérdida de facultades o de locura pueden funcionar de un modo muy eficaz si se ejecutan honestamente.

En cambio, lo que aquí nos vamos a encontrar es mucho más potente. La dirección de Florian Zeller sacude los mimbres tradicionales para situarnos en la piel del desdichado protagonista, sin pedirnos permiso ni perdón.

Sin saberlo, la historia de Anthony y Anne nos va a tragar, nos va a engullir de golpe. Solo vamos a poder tomar aire como los bañistas sufrientes bajo un mar de olas salvajes, a trompicones, cada vez con más esfuerzo y menos energía, hasta el final.

Un final en el que aceptamos resignados, despegándonos del protagonista, de un modo suave e indoloro, todo aquello que se nos cuenta y que, en el fondo, puede ser un anticipo de la realidad que a todos nos llega.

Tal vez el modo de contar la historia de Zeller sea lo que más marca, sobre todo cuando empezamos a ser conscientes y nos vemos reflejados en los mismos ojos brillantes de Sir Anthohny Hopkins. El actor demuestra, con una solvencia y tranquilidad pasmosa, por qué es uno de los mejores actores de su generación y, a la vez, uno de los mejores actores vivos.

Puede que este fuera un papel que le venía como anillo al dedo, y no ha dejado escapar la oportunidad. Así, se demuestra más que justa su nominación al premio Oscar que se entregará dentro de unas semanas en Hollywood y que, de ganar, sería su segunda estatuilla.

No podemos decir que Olivia Colman desentone, ni mucho menos. Es una de las actrices con mejor reputación, y justa, de los últimos años. Podríamos decir que está en uno de los momentos más dulces de su carrera.

No sabemos si es talento, trabajo, o ambos; pero la facilidad o la naturaleza con la que parece mostrar los sentimientos tan puros de una hija que sufre por su padre y por ella no hace más que emocionar a cualquiera que esté presente.

Junto a ellos, pocos actores más, como Imogen Poots, Olivia Williams o Rufus Sewell, principalmente. También cumplen a la perfección con sus cometidos y que saben mostrar una cara muy propia y bien definida de sus personajes, no siempre sencillos.

En definitiva, una de esas típicas películas que asoman la cabeza cada año para quedarse como referentes del cine de la temporada y que, además, se quedarán como marca en las filmografías de esos actores. Porque, aunque luego vuelva a esa discreción original, nadie olvidará las enormes interpretaciones de Hopkins y Colman.

Mientras tanto, y mientras puedan, no dejen de verla. Luego, ya decidirán si repiten o si la recuerdan. Pero, lo más probable, tampoco la olvidarán.


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