Tres lecciones de las historias de mis abuelos

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Por Abie Grynspan

Tuve la dicha de contar con la presencia de mi abuelo Samuel por 32 años. En las miles de cenas que compartimos en casa de mis padres, escuchaba de su boca las historias de su vida.

Mi abuelo fue una vez un joven judío polaco, que víctima de la injusticia, debió dejar su hogar junto a su familia, subir a un tren y terminar la Segunda Guerra Mundial en Siberia. Luego llegaría a Costa Rica a empezar una nueva vida.

A mi abuelo Abel no lo conocí. Cuentan que tuvo el “privilegio” de llegar a América con un sobrino. El resto de sus familiares no contaron con la misma suerte, fueron asesinados en el Holocausto.

Como no podía ser de otra manera, conocer desde niño que vengo del hambre, del desprecio, del barro con nieve, de la sangre y de la muerte, despertó en mí preguntas que marcaron mi intelecto y mi espíritu: ¿cómo es posible que personas tan malvadas como Hitler y Stalin llegaran al poder?, ¿por qué nadie hizo nada?, ¿cómo es posible que un plan tan maléfico fuera ejecutado con el apoyo masivo de la ciudadanía?

Creo haber aprendido de las historias de mis abuelos tres lecciones que nunca caducarán:

  1. “El poder tiende a corromper”: la frase que se conoce como dictum de Acton, concluye que los grandes hombres son casi siempre malos. Esta invariable conclusión entiende la naturaleza de la psicología humana, y nos revela que más allá de las intenciones o de la bondad inicial de una persona que asume el poder, la naturaleza misma del poder crea un hechizo que corrompe a quien lo detenta. Eso explica cómo jóvenes idealistas se pueden convertir en desalmados asesinos, y nos enseña que debemos ser siempre modestos, porque la semilla de la tiranía está latente hasta en el humano más noble.
  2. Los individuos que “siguen órdenes” de personas con autoridad son capaces de infringir daños al prójimo a niveles inimaginables. Stanley Milgram realizó en la década de 1960 un experimento en el que comprobó que el 65% de los participantes llegó hasta el final de la prueba, a pesar de la advertencia de que sus acciones podrían haber causado graves consecuencias, incluso letales, a otro individuo. Se concluyó que cuando el sujeto obedece los dictados de la autoridad, su conciencia deja de funcionar y se produce una abdicación de la responsabilidad. En otras palabras, la mayoría de los seres humanos son potencialmente capaces de convertirse en asesinos si su justificación es: “estaba siguiendo órdenes”. Este fenómeno de psicología social explica la gestación y desarrollo de maquinarias tan destructivas y maléficas basadas en jerarquías.
  3. Es imposible ordenar la sociedad a partir de mandatos, incluso partiendo de la buena fe de los mandatarios. El teorema de la imposibilidad del socialismo de Ludwig von Mises explicó la imposibilidad de ordenar la sociedad de esta manera, debido a un problema irresoluble de información. La ausencia de propiedad privada de medios de producción y de precios de mercado, imposibilitarían el cálculo económico, y por tanto, la asignación racional de factores de producción entre las diferentes actividades productivas. Las conclusiones de Mises son extrapolables a cualquier situación social de naturaleza dinámica. La planificación social centralizada, indiferentemente de su denominación, detiene el progreso en el sentido de bloquear la emergencia de nuevos medios y fines.

Mises, desde antes del nacimiento de mi abuelo Samuel, había demostrado la imposibilidad del cálculo económico en sistema socialista. Lamentablemente, mi abuelo tuvo que vivir en carne propia lo que la teoría económica ya había predicho. La frase que repetía mi abuelo era: “donde el comunismo pone la bota nunca vuelve a crecer zacate”.

Las historias de mis abuelos me enseñaron en pocas palabras a amar la libertad. A efectos prácticos, eso significa comprender que la cooperación social en un ámbito competitivo y de libertad engendra el bien; mientras que el monopolio del poder engendra el mal.

Despreciables personajes de la historia de la talla de Stalin, Hitler, Mao o Pol Pot, no deberían quedar en la memoria como simples villanos; sino que deberían de ser un recordatorio de hasta dónde puede llegar el ser humano cuando su arrogancia no se enfrenta a límites. Suponer que la maquinaria soviética o la Nazi estaban compuestas por personas muy distintas a nosotros mismos, es un error ingenuo que nos puede llevar a repetir la historia.

 


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